Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet


Homilía Asunción de la Virgen María

Recuperar las raíces cristianas

VER:

Tras dos años de cancelaciones y restricciones por la pandemia del coronavirus, este verano se recuperan las fiestas patronales y las actividades que las rodean, que muchas personas estaban deseando que volvieran. Hoy, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, además de ser festivo laboral, podemos decir que “toda España está de fiesta”, porque encontramos celebraciones, música al aire libre, comidas, concursos, procesiones… Pero, más allá de la “fiesta popular”, si preguntáramos el porqué de esta fiesta, la gran mayoría de la gente no sabría explicar la razón.

JUZGAR:

Lo primero que hay que tener presente es que ésta es una fiesta religiosa: la Iglesia ha celebrado esta fiesta desde el siglo IV. Y, debido a las raíces cristianas de España, se ha mantenido también como fiesta civil, debido a todos los actos religiosos, festejos y ferias que se organizan con motivo de esta celebración.

Pero, como ya escribió san Juan Pablo II en su exhortación apostólica “Ecclesia in Europa”, “la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa”, hace que “muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual” (7). Por eso hoy se habla de “la Asunción” o de “la Virgen de Agosto”, pero sin saber lo que esto significa. Y aunque “no faltan símbolos de la presencia cristiana, éstos, con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del pasado”. (7)

Esta situación tiene unas consecuencias, primero para los creyentes: “Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado” (7)

Pero esta situación tiene consecuencias para todos, creyentes y no creyentes: “Tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. (7) Esta pérdida de la memoria cristiana va unida a un cierto miedo en afrontar el futuro. La imagen del porvenir que se propone resulta a menudo vaga e incierta. Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida”. (8)

De ahí que la celebración de la Asunción de la Virgen María sea una oportunidad para recuperar algo de las raíces cristianas. Hoy estamos celebrando, como dice el dogma de la Asunción, “que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. Y en el Prefacio diremos: “ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra”.

Hoy celebramos que la Virgen María, “asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”, es esperanza para nosotros porque también un día podemos “participar con Ella de su misma gloria en el cielo” (oración colecta).

Hoy estamos de fiesta porque estamos llamados a seguir a la Virgen María. Aunque hoy la representemos rodeada de gloria, Ella fue una mujer de carne y hueso, humilde y sencilla. Antes de ser recibida “allá arriba”, tuvo que recorrer un camino duro y difícil “aquí abajo”. María demostró cómo vivir en la tierra, llevando una existencia ordinaria, como la nuestra, con dificultades, cansancio, preocupaciones… pero viviendo en plenitud la fe en Dios, la esperanza y el amor.

ACTUAR:

“La situación está marcada por graves incertidumbres en el campo cultural, antropológico, ético y espiritual”. (3) Y, aunque muchos no quieran reconocerlo, “la fe cristiana es parte, de manera radical y determinante, de los fundamentos de la cultura europea”. (108) Por eso, celebrar la Asunción de la Virgen María puede ser una oportunidad que Dios nos concede para recuperar las raíces cristianas de nuestra vida, sin estar en las nubes, con los pies bien plantados en la realidad pero con la mirada puesta en lo alto, como hizo María.

Nuestra vida tiene un sentido, una dirección y una meta, y “María, desde su asunción a los cielos, acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina” (Prefacio III de Santa María Virgen). Su ejemplo es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino que Ella. Su propia vida nos muestra que no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, sino vivir bien arraigados en Dios en todo momento. Que María asunta al Cielo nos enseñe a meditar todas estas cosas en nuestro corazón y a recuperar las raíces cristianas de nuestra vida para que, por su intercesión, lleguemos un día, junto con Ella, a la gloria del cielo.

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7 frases de Santos sobre la Virgen María

7 hermosas frases de santos católicos sobre la Virgen María

Fotografía: Daniela Santiago Cathopic

Durante el mes de agosto, celebramos la Asunción de María, y esta es una bella oportunidad para rezar un poco más a nuestra Madre y Reina del Cielo, pues, como decía Don Bosco: “quien confía en María nunca quedará defraudado”.

A continuación, te invitamos a descubrir 7 hermosas frases de santos católicos sobre la Virgen María, que nos muestran infinidad de motivos para acercarnos a nuestra Madre, sabiendo que tiene abundantes gracias para darnos:

  • “Con fe, [María] escucha la Palabra de Dios, la acoge, la proclama, la venera, la distribuye a los fieles como pan de vida y, a su luz, escruta los signos de los tiempos, interpreta y vive los acontecimientos de la historia” (San Pablo VI).
  • “… El silencio de la mente y del corazón: la Virgen María conserva cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Este silencio la aproximó tanto al Señor que nunca tuvo que arrepentirse de nada… ” (Madre Teresa de Calcuta).
  • “Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre” (San Juan Pablo II).
  • “María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno. María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo” (San Agustín).
  • “Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir.  Bajo su manto nada hay que temer” (San Bernardo de Claraval).
  • “La inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios.  Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad” (San Maximiliano Kolbe).
  • “Me gustaría tener una voz tan fuerte para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a Nuestra Señora. Ella es el océano que debemos cruzar para llegar a Jesús” (San Padre Pío).

Y después de haber leído estas frases tan dicientes, ¿qué tal si te animas y elevas una oración a la Virgen María para que derrame sus gracias sobre tu vida?

Escrito por: Alice Ollivier de Hozana.org

-Traducido del francés por Sharael Sánchez


Homilía XX del TO-C

Ser realista

VER:

En una reunión de un grupo de trabajo para preparar un evento diocesano, se iban dando ideas y se hacían propuestas ambiciosas, que “sobre el papel” quedaban muy bien; pero uno de los miembros del grupo señaló las dificultades, problemas y consecuencias que conllevaría la ejecución de algunas de esas propuestas. Y el resto le dijo que “tenía que ser positivo y no pensar en los aspectos negativos”. Esta situación se repite a menudo y es una de las características de la sociedad actual: se huye de todo lo que signifique problemas, contrariedades, dificultades… y, cuando alguien es realista y señala esos aspectos no tan positivos, se le tacha de agorero o “cenizo”.

JUZGAR:

Es lo que le ocurrió al profeta Jeremías. A él le hubiera gustado poder ofrecer mensajes felices y pacíficos, pero la realidad que vivió le obligó a decir la verdad, aunque no gustase. Tuvo que sufrir mucho al denunciar la mala conducta del pueblo y anunciar la ruina de la ciudad de Jerusalén, que al final acabó ocurriendo. Y por ser realista, como hemos escuchado en la 1ª lectura, los dignatarios dijeron al rey: Hay que condenar a muerte a ese Jeremías, pues, con semejantes discursos, está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y al resto de la gente. Ellos se apoderaron de Jeremías y lo metieron en el aljibe

Jeremías experimentó en propia carne que ser realista y decir la verdad conlleva ser rechazado, también por los más cercanos, como hemos escuchado en el Evangelio: Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a ser realistas, a “ser profetas”, y no callar ante los engaños, edulcoraciones y escapismos que tratan de ocultar la verdad de la realidad, por dura que ésta sea. Es cierto, como dijo san Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II, que “algunas personas… carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina […] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente”. (11 de octubre de 1962)

Pero una cosa es ser “profeta de calamidades” y otra cosa es “ser profeta”, como lo fue Jeremías, porque “ser profeta” conlleva denunciar la realidad pero ofreciendo a la vez propuestas de transformación de esa misma realidad, como también hizo Jeremías, que proponía al pueblo, de parte de Dios, el camino para salir de la situación en la que se encuentran, aunque ese camino no fuera de su agrado, aunque el camino a seguir suponga “romper” con lo conocido y habitual.

Desde ahí cobran sentido las sorprendentes palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio. Jesús, que se había presentado a sí mismo como manso y humilde de corazón (cfr. Mt 11, 29), dice hoy algo que parece contradecirlo: He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Jesús no es ese personaje bonachón y acaramelado que a veces hemos presentado. Jesús ofrece la salvación de todos, y para ello hace falta “quemar” todo lo que impide la conversión y seguir su camino. Evidentemente, Jesús no está hablando del “fuego” que Santiago y Juan querían hacer bajar sobre los samaritanos (cfr. Domingo XIII – C), sino del fuego del Espíritu Santo, el fuego que “hace arder nuestros corazones” (cfr. Lc 24, 32) y nos impulsa a la misión, a la acción evangelizadora y transformadora.

ACTUAR:

¿Soy de los “positivos”, o soy realista? En el Bautismo somos ungidos “sacerdotes, profetas y reyes”: ¿Desempeño esta función profética? ¿Me ha acarreado algún problema, algún conflicto con otras personas? ¿Soy profeta de calamidades o, por dura que sea la realidad, propongo pistas de acción desde la Palabra de Dios? ¿Dejo actuar en mí el fuego del Espíritu?

La verdad de la realidad en la que estamos inmersos es demasiado dura como para apartar la mirada o no actuar en ella. Jesús fue realista y nosotros, sus discípulos misioneros, debemos serlo, como lo fue Jeremías y tantos que, a lo largo de la historia, han ofrecido el camino de Dios en medio de incomprensiones, persecuciones y martirio. Por eso, como decía la 2ª lectura: Teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca… fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús. Y, desde Él, propongamos caminos de salvación que podremos recorrer si nos dejamos guiar por el fuego y la fuerza del Espíritu Santo.

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Homilía XIX del TO-C

La promesa de Dios

VER:

Una promesa es algo muy serio, porque expresa la firma voluntad de la persona de dar o hacer algo. Para que esta promesa tenga valor, la persona que la hace ha de ser merecedora de confianza, para tener la certeza de que cumplirá lo prometido. Son muchas las ocasiones de nuestra vida en la que encontramos promesas: desde lo más cotidiano (“prometo ser puntual”, “prometo estudiar”) hasta los temas más serios, como antes de asumir un cargo importante (“prometo cumplir…”). En nuestra vida de fe también aparecen a menudo las promesas: en la Vigilia Pascual renovamos las promesas bautismales, en el Sacramento del Matrimonio (“prometo serte fiel…”) y en la ordenación diaconal y presbiteral el Obispo pregunta: (“¿Prometes… observar el celibato…?” “¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores”?) Y se responde: “Prometo”.

JUZGAR:

También Dios ha hecho varias promesas a lo largo de la Historia, y la Palabra de Dios de este domingo nos lo ha recordado. En la 1ª lectura hemos escuchado que la noche de la liberación les fue preanunciada a nuestros antepasados, para que, sabiendo con certeza en qué promesas creían, tuvieran buen ánimo. Y a la promesa de Dios respondemos con la fe, como nos ha recordado la 2ª lectura: La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de la que no se ve. Y por ella son recordados los antiguos. Y nos recuerda a Abrahán, que por la fe obedeció a la llamada… y salió sin saber adónde iba... y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa. Y por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo “vigor para concebir” cuando ya se le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía.

Pero a veces nos parece que Dios no cumple su promesa, o tarda excesivamente en hacerlo, y “perdemos la fe”, desconfiamos de Él. Por eso la 2ª lectura también nos ha dicho que con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. La promesa de Dios no se circunscribe a nuestro “ahora”, sino que tiene un alcance mucho mayor; la promesa de Dios es la venida del Hijo del hombre, como nos ha recordado Jesús en el Evangelio: Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo de hombre, una venida que Él ha prometido en diferentes ocasiones: Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. (Lc 21, 27). La esa venida en gloria, es el cumplimiento pleno de la promesa de Dios, que nosotros también “saludamos desde lejos”, como los antiguos.

La Palabra de Dios de este domingo nos recuerda que nosotros somos herederos de esa promesa de Dios y que nuestra respuesta debe ser la fe. Y también nos recuerda que somos huéspedes y peregrinos en la tierra y que ansiamos una patria mejor, la del cielo.

Con la mirada puesta en esa meta definitiva, la promesa de Dios nos hace estar preparados, afrontando por la fe el tiempo presente, con buen ánimo; la fe en Dios nos pone en camino, como a Abrahán, sacándonos de nuestras rutinas, comodidades y miedos que nos paralizan; la fe en Dios nos da vigor, como a Sara, para descubrir posibilidades y caminos cuando todo parece estéril, acabado, sin futuro… La fe en Dios mantiene nuestra esperanza, aunque no hayamos recibido las promesas, porque también consideramos fiel al que nos lo ha prometido, que es el mismo Dios.

ACTUAR:

¿Qué promesas he hecho a lo largo de mi vida? ¿Las he cumplido? ¿Qué promesas me han hecho? ¿Me he fiado? ¿Me fío de Dios? ¿En qué momentos he pensado que Él “no cumple su promesa”? ¿He mantenido la fe, a pesar de ello? ¿Tengo presente la promesa de la venida de Cristo en gloria? ¿Cómo me preparo para ese momento, que puede llegar a la hora que menos penséis?

Si en el ámbito familiar, social, laboral, político… una promesa tiene tanto valor y tanta fuerza, muchísimo más valor y fuerza deberíamos dar a la promesa de Dios. Como rezamos en el Credo, “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. Ésa es la meta hacia la que nos dirigimos, la meta que ya ahora “saludamos desde lejos” y para la que debemos estar preparados, viviendo por la fe nuestro tiempo presente, como huéspedes y peregrinos, incluso sin recibir ningún “anticipo” de esa promesa, hasta que llegar a nuestro encuentro definitivo con el Señor en el cielo.

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La gracia de una vida interior

El 6 de agosto, la Iglesia celebra la Transfiguración de Jesús: este episodio de la vida de Cristo -que se narra en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas- nos ofrece una pequeña visión de Jesús en su Gloria, es decir, ¡una antesala del Cielo!

Recordemos que cuando esto ocurrió, Jesús estaba en oración, al igual que sus discípulos Pedro, Juan y Santiago, quienes pudieron presenciar tan precioso suceso:

“Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz” (Mateo 17:2).

De hecho, la transfiguración es un acontecimiento muy importante para los cristianos, y corresponde al cuarto misterio luminoso en la oración del Santo Rosario. Debido a que cada uno de los misterios del Rosario se asocia a un fruto espiritual, el misterio de la transfiguración se relaciona con el fruto de la gracia de una vida interior.
En pocas palabras, se puede decir que la vida interior se alimenta de la oración y el recogimiento, y nos permite desarrollar esta relación íntima con Dios que proviene de lo más profundo de nuestro ser. Sin embargo, en ocasiones, los ritmos diarios de nuestra sociedad actual, los diferentes estilos de vida y la diversidad de estímulos externos pueden dificultar el desarrollo adecuado de una vida interior.

¡Pero esto no es una excusa para buscar a Dios!… Por ejemplo, el verano, especialmente las vacaciones, pueden ser una buena oportunidad para bajarle un poco al ritmo que llevamos, eliminar ciertos hábitos y apartar un espacio para tener momentos de calidad con Dios.

Es cierto que hacerlo puede parecer un poco complejo, al punto que quizá te estés preguntando: ¿cómo puedo regalarme cada día un tiempo de oración adicional durante el verano?

Pues, entonces te proponemos las siguientes ideas:

  • ¿Qué tal si tomas unos minutos para leer y meditar en un pasaje de la Biblia?
  • ¿Te animas a rezar un Rosario (o una decena del Rosario) durante un paseo diario?
  • ¿Por qué no intentas tener un momento de recogimiento en la iglesia más cercana a tu destino de vacaciones?
  • O sencillamente, ¿qué tal te parece si sacas unos minutos de tu tiempo, por la mañana o por la noche, para simplemente sentarte en silencio, tomar conciencia de la presencia de Dios en tu vida y escucharlo?

¡Anímate y disfruta la gracia de cultivar una vida interior hoy mismo!

     Fotografía: Benjamin Balazs de Pixabay

Escrito por: Alice Ollivier de Hozana.org

-Traducido del francés por Sharael Sánchez


Homilía XVIII del TO-C

Lo verdaderamente importante de la vida

VER:

Algo que forma parte de nuestro crecimiento y maduración como personas, cuando éste se desarrolla con normalidad, es aprender a dar a las cosas y a las personas la importancia que tienen, ni más, ni menos. Vamos experimentando cómo actividades, intereses, personas… que en otro tiempo nos resultaban fundamentales, incluso necesarias, a las que dedicábamos mucho tiempo y fuerzas y sin las cuales no nos imaginábamos la vida… van desapareciendo o vamos prescindiendo de ellas sin que ello suponga que nuestra vida se detenga. Y así, aprendemos a valorar y dar prioridad lo verdaderamente importante de la vida.

JUZGAR:

La Palabra de Dios nos hace hoy varias llamadas para enseñarnos y ayudarnos a crecer, madurar y discernir lo verdaderamente importante de la vida. La 1ª lectura nos ha hecho una primera llamada con la rotunda afirmación: ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! Vanidad abarca muchos significados: inútil, insustancial, presuntuoso, caduco, vacío… Nos invita a pensar cuántas cosas, actividades, personas… que ocupan mucho espacio en nuestra vida podrían ser calificadas como vanidad.

Y a continuación otra llamada: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? ¿Qué sacamos de dedicar tanto tiempo y fuerzas a esas vanidades? ¿Realmente merecen la pena?

En el Evangelio también encontramos varias llamadas. Primero, al Señor le presentan un caso, bastante común, sobre dos hermanos: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Lamentablemente, esta situación ha provocado graves enfrentamientos entre miembros de una misma familia; cuántas veces algunos conflictos familiares, generados por diferentes motivos no sólo económicos, se han prologado años y años y acaban en una ruptura total de relaciones. De nuevo se nos invita a pensar: ¿Verdaderamente era tan importante, merecía la pena esa ruptura?

Y otra llamada la hace Jesús con la parábola del hombre rico cuyas tierras produjeron una gran cosecha, y empieza a hacer planes: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y banquetea alegremente. Se nos invita a pensar si hemos llenado nuestra vida de planes de futuro, trabajando y esforzándonos mucho, sin dejarnos tiempo para otras cosas para el día de mañana poder descansar y disfrutar de una vez. Pero el Señor termina planteándonos una pregunta: esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado? Se nos olvida que, en esta época en que vivimos, el mundo y las circunstancias pueden cambiar de un modo inimaginable, echando por tierra esos “planes de futuro” que nos habíamos forjado. Más aún: se nos olvida que somos “mortales”, y que en cualquier momento, por múltiples circunstancias, nuestra vida puede llegar a su fin: ¿Verdaderamente merecía la pena tanto esfuerzo, tanto trabajo, habernos perdido muchas cosas a las que hemos dicho “no”, esperando que llegase un “mañana” que nunca va a llegar?

Por eso, san Pablo, en la 2ª lectura, nos hacía esta llamada: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Si somos cristianos, necesitamos discernir lo verdaderamente importante de la vida, que son los bienes de allá arriba. No se trata de despreciar los de la tierra, ya sean bienes materiales, intereses, personas… sino de darles su justo valor, para que nos ayuden a ser “ricos ante Dios”, como nos ha pedido Jesús en el Evangelio.

ACTUAR:

La respuesta a las preguntas que la Palabra de Dios nos plantea hoy manifestará nuestro grado de crecimiento y maduración humana y cristiana. No se trata de vivir angustiados pero sí de tener presente que todo lo que existe y que nosotros mismos somos caducos; que aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes; y que nuestra vida no termina en las fronteras de este mundo, sino que estamos llamados a la vida eterna en el Reino de los Cielos.

Pidamos al Señor que su Espíritu nos dé fuerza para dar muerte a todo lo terreno que hay en vosotros, a tantas vanidades, a todo lo que nos aparta y nos roba tiempo y fuerzas en el seguimiento de Jesús. Que nos enseñe a discernir lo verdaderamente importante de la vida, para ser ricos ante Dios y poder gozar un día de la vida eterna junto a Él.

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Homilía XVII del TO-C

No seamos importunos

VER:

A todos nos ha pasado alguna vez: suena el teléfono, vemos quién nos llama, y resoplamos, porque sabemos que esa persona es muy pesada y nos va a ocupar un buen rato, sin que haya realmente nada urgente ni necesario de qué hablar. A veces, no respondemos a la llamada; otras veces, con resignación, respondemos pero por obligación, sin ganas de hablar con esa persona.

JUZGAR:

Hoy la Palabra de Dios nos ha presentado a dos personas que podríamos decir que son de ese tipo. En la 1ª lectura, parece que Abraham se pone pesado con el Señor, repitiendo todo el rato lo mismo en una especie de regateo interminable: Si hay cincuenta inocentes en la ciudad… Y si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes… Quizá no se encuentren más que cuarenta… ¿Y si se encuentran treinta? ¿Y si se encuentran allí veinte? ¿Y si se encuentran diez? Y también parece que Dios, como hacemos nosotros cuando hablamos por teléfono con una persona pesada, va respondiendo cada vez: Perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos… No la destruiré si es que encuentro allí cuarenta y cinco… si encuentro allí treinta… En atención a los veinte… a los diez, no la destruiré… Y nos imaginamos a Dios pensando como haríamos nosotros: “Que acabe de una vez este pesado…”

Y en el Evangelio hemos escuchado una parábola sobre dos amigos, a uno de los cuales se le califica como “importuno”, es decir, molesto, “pesado”, porque durante la medianoche fue a pedir tres panes al otro, que ya estaba acostado. No se le ocurrió caer en la cuenta de la hora que era, ni que el otro estaría descansando junto con su familia; necesitaba algo y lo pidió, sin más. Pero aun así, a pesar de esa importunidad, el amigo se levantó y le dio lo que necesitaba.

La Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre cómo es nuestra oración para ver si somos importunos, “pesados” con Él. No es que no tengamos que pedirle lo que pensamos que necesitamos; de hecho, Jesús así nos lo ha dicho en el Evangelio: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. El problema es nuestra actitud, cómo dirigimos a Dios nuestras peticiones.

Porque muchas veces caemos en lo que denunció Jesús, en el texto paralelo al que hoy hemos escuchado: Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso (Mt 6, 7), y nos ponemos a pedir con un reguero interminable de palabras. Por eso Jesús nos dice cómo debe ser nuestra oración para no ser importunos, “pesados”: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino… El Padre nuestro, la oración dominical, si somos conscientes de lo que estamos diciendo, encierra en sí todo lo que necesitamos pedir a Dios. San Agustín lo expresó admirablemente en su “Carta a Proba” (Oficio de Lectura semana XXIX): “el cristiano, sea cual fuera la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabas con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente”.

El Señor hoy nos invita a no ser importunos sino a cultivar una oración sencilla pero verdaderamente confiada: porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden? Porque el Señor “pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos capaces de recibir los dones que nos prepara”, y que nos otorga por su Espíritu.

ACTUAR:

¿Cómo reacciono ante personas importunas, pesadas? ¿Reconozco que yo también actúo así? ¿En mi oración soy importuno con Dios o confiado? ¿Pido el Espíritu Santo y sus dones en mi oración?

Procuremos no ser importunos con Dios en nuestra oración, sino sencillos y confiados. Para ello, oremos de forma pausada el Padre nuestro, que sintetiza todo lo que necesitamos pedir, porque “una cosa son las muchas palabras y otra cosa el efecto perseverante y continuado. Pues del mismo Señor está escrito que pasaba la noche en oración y que oró largamente. Lejos, pues, de nosotros la oración con vana palabrería; pero que no falte la oración prolongada mientras persevere ferviente la atención. Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de Aquél que nos escucha”. (San Agustín, carta a Proba)

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¿Cuándo y cómo invocar al Espíritu Santo?

¡Podemos hacerlo cuantas veces lo queramos, por supuesto!

Sin embargo, también es posible adoptar hábitos buenos y saludables para que se convierta en nuestro compañero diario… Es cierto que durante la pandemia, hemos aprendido o recordado un gesto bastante sencillo y sano para nuestros espacios de vida: ventilar y abrir la ventana regularmente. Esto parece obvio, ¿cierto?, pero, ¿acaso tenemos el mismo reflejo saludable cuando se trata de ventilar, purificar y renovar la atmósfera de nuestro corazón?… Valdría la pena reflexionar unos minutos en ello, pues, por si no lo sabías, invocar al Espíritu Santo significa abrir de par en par nuestras ventanas interiores.

A continuación, te invitamos a descubrir estos cuatro consejos para invocar al Espíritu Santo:

  • Cada mañana, al levantarnos, así como corremos a abrir la ventana de nuestra habitación para sentir el olor del nuevo día, también podemos apresurarnos a abrir nuestro corazón y recibir al aliento de vida, diciendo: “¡Ven Espíritu Santo, ven a renovarme!”. De hecho, podemos hacer que la invocación vaya al ritmo de nuestra respiración para ofrecernos en cuerpo y alma a su renovación.
  • Antes de comenzar una actividad, por ejemplo, una reunión, una conversación, etc. podemos tomar un minuto para dejar entrar al soplo vivificante, puro y dulce del Espíritu de Dios en nuestras vidas. Dejemos que Él sople sobre nuestro cansancio, nuestras ideas preconcebidas, nuestro estrés… Dejemos que saque todo ese polvo interior que impide la escucha y la creatividad, y digamos: “¡Ven Espíritu Santo, ven a inspirarnos!”
  • Cuando debamos tomar una decisión importante o elegir, podemos sacar un tiempo para renovar completamente la atmósfera de nuestro corazón. Dejemos que el Espíritu de Verdad saque todo aquello que nos atormenta, quite lo que nos impide seguir y sane lo que está herido, para que podamos discernir realmente cuál es el camino a seguir, diciendo: “Ven Espíritu Santo, ven a iluminarme”.
  • En los momentos difíciles, en las pruebas, acordémonos siempre de dejar la ventana entreabierta, de tal modo que el Consolador pueda venir muy suavemente, a calmarnos, a refrescarnos, a abrazarnos… Dejemos que su caricia divina nos toque en nuestros momentos de tristeza, ira, dolor, y digamos: “Ven Espíritu Santo, ven a consolarme”.

Escrito por: Alice Ollivier de Hozana.org

*Texto traducido del Francés por Sharael Sánchez


Homilía XVI del TO-C

Tarde de verano

VER:

El tiempo de verano suele traer, para la mayoría de las personas, algunos cambios respecto a horarios y actividades, en relación con el resto del año. Entre esos cambios están las tareas que requieren salir a la calle o realizar trabajos físicos y que, si es posible, se realizan a primer ahora, antes de que el calor se deje notar con fuerza. Y así, durante las horas centrales del día, por el calor, se nota una disminución de la actividad. Las tardes de verano, sobre todo después de comer, son una invitación a la tranquilidad, al reposo, a todo eso que el resto del año nos resulta difícil realizar.

JUZGAR:

Pero eso no significa que nos dejemos invadir por la modorra. Precisamente el cambio de horarios y actividades nos puede servir para algo que también nos resulta difícil de realizar el resto del año: el encuentro con el Señor. Porque durante el año, generalmente nos parecemos bastante o mucho a Marta, que andaba muy afanada con los muchos servicios, inquieta y preocupada por muchas cosas. Y no debemos caer en la crítica a la actitud de Marta, porque las tareas hay que hacerlas, no se pueden dejar de lado. Pero tampoco podemos negar que esas tareas acaban quitándonos tiempo y ganas para el encuentro con el Señor, ya sea en la oración, en la Eucaristía, en la formación o a la hora de adoptar algún compromiso: no tenemos tiempo suficiente.

Pero en este tiempo de verano, la Palabra de Dios nos ofrece el pasaje que hemos escuchado en la 1ª lectura, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, en lo más caluroso del día. Ese espacio de tiempo en el que prácticamente todo se paraliza es el momento oportuno para el encuentro con el Señor.

El texto nos ofrece algunas indicaciones para tener en cuenta: Abrahán no está tumbado, está sentado, una postura que indica que no hay prisa, que no hay nada urgente que hacer; una postura que es signo de tranquilidad, de acogida, como cuando alguien llega a nuestra casa de visita y le decimos que no se quede de pie, que pase y se siente. Es también una postura apropiada para ver o escuchar algo con atención, y para hablar de temas importantes.

Y Abrahán está sentado a la puerta de la tienda. No está dentro, no está encerrado: estar sentado a la puerta es señal de que se está aguardando algo o a alguien, con tranquilidad pero preparado para recibirle cuando llegue: Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda.

Quizá en este tiempo, en estas tarde de verano, cuando estemos en lo más caluroso del día, podemos aprender a “sentarnos a la puerta de nuestra tienda”: aunque sólo será durante unos minutos, podemos ejercitarnos en dejar un rato apartadas las tareas y preocupaciones y sentirnos tranquilos y abiertos a Dios. Podemos ayudarnos de una lectura espiritual, de una oración… para encontrarnos con el Señor y pedirle: No pases de largo junto a tu siervo.

Y así estaremos haciendo nuestra la actitud de María, la hermana de Marta, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y aprender a descubrir que, durante ese tiempo, sólo una cosa es necesaria: estar con el Señor. Y convertir ese tiempo en la parte mejor de todo nuestro día.

ACTUAR:

¿Van a cambiar mis horarios y actividades durante estas semanas? ¿Cómo empleo normalmente las tardes de verano, en lo más caluroso del día? ¿Cuánto hace que no “me siento”, que no tengo un tiempo de tranquilidad para ver o escuchar o hablar con atención? ¿Espero encontrarme con el Señor? ¿Qué medios pongo para ello?

Todos tenemos dentro a Marta y a María, y normalmente es Marta la que más espacio y tiempo ocupa. Pero necesitamos encontrarnos con el Señor, con tranquilidad, sin prisas. Por muy necesarias que sean nuestras tareas, aprovechemos estas tardes de verano para encontrarnos con el Señor. Durante unas semanas, aprendamos a ser “Marías”, a “sentarnos” un tiempo a los pies del Señor, a la escucha de lo que Él nos vaya sugiriendo desde la oración o la lectura.

Aunque sólo sea por unas pocas semanas en todo el año, tenemos la oportunidad de “escoger la parte mejor”, como hizo María. No dejemos que nos la quiten para que, el resto del año, podamos realizar nuestras tareas, como Marta, sin agobios ni preocupaciones, como María.

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Familias acogidas ucranianas

Los amigonianos están acompañando, en la antigua casa de las Reparadoras, de la calle Benimodo, 11 de Benimàmet, a familias acogidas ucranianas.

Se les acompaña y ayuda en todos los trámites necesarios para solicitar la protección internacional, la tarjeta de residencia y la sanitaria, así como la escolarización de los menores, y el aprendizaje del español.

Si queréis colaborar necesitan:

* productos de higiene

* productos de bebé

* ropa de verano adulto (mujer y hombre)

Lo podéis llevar de Lunes a Jueves de 9:00 a 17:00h., aunque siempre hay alguien de guardia por si no podéis ir a esas horas.