Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 6 TO-B

Contra las manchas

06TO-B

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VER:

Es una experiencia muy común: tenemos prisa, nos disponemos a salir de casa, o estamos ya por la calle, y descubrimos que llevamos una mancha en la ropa. Si se ve mucho, no tenemos más remedio que cambiarnos de ropa si todavía estamos a tiempo, y si ya nos pilla fuera de casa, pasamos vergüenza porque los demás ven la mancha que llevamos. Si no es muy visible y no nos cambiamos de ropa, procuramos disimularla para que no se note o, como mucho, utilizamos un quitamanchas para no pasar vergüenza, y así salimos del paso hasta que podamos lavar bien la ropa.

JUZGAR:

La Palabra de Dios hoy nos ha presentado en la 1ª lectura y en el Evangelio la enfermedad de la lepra, que es una enfermedad infecciosa que afecta principalmente a la piel, boca, nariz y ojos, en forma de manchas, úlceras, protuberancias… que pueden provocar la deformidad e incluso mutilación de algunos miembros. Es una enfermedad que no podía ocultarse y, por miedo al contagio, quienes la padecían eran obligados a recluirse en cuevas, sin contacto con la gente “sana”.

Así lo hemos escuchado en la 1ª lectura: El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!» Mientras le dure la lepra seguirá impuro: vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento. Podemos hacernos una idea del sufrimiento de los leprosos, que sufrían, además de los dolores propios de la enfermedad, el dolor por el rechazo social.

El ejemplo de la lepra corporal nos lleva a lo que podríamos llamar “lepra espiritual”, es decir, nuestro pecado, las “manchas” de nuestra alma. Como en el caso de la ropa, algunas manchas de nuestro pecado resultan visibles, nos avergüenzan y nos sentimos “impuros”, y quisiéramos poder ocultarnos para no tener que soportar comentarios o ser señalados por los demás.

Otros pecados “no se ven”, no se nos notan externamente y los disimulamos, pero en el fondo sabemos que están ahí. Y, como si usáramos el quitamanchas para la ropa, pretendemos que desaparezcan las manchas de ese pecado haciéndonos buenos propósitos de mejora, buscando salir del paso y tranquilizar nuestra conciencia, pero no acabamos de lograr quitar la mancha del todo. Y aunque nos cuesta, tenemos que terminar admitiendo que necesitamos limpiar nuestra alma.

Es lo que hace el leproso del Evangelio, que no quiere seguir soportando su enfermedad, sus manchas, y por eso se acercó a Jesús suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme. Nosotros, desde la conciencia de estar manchados por nuestro pecado, se nos note externamente o no, y sabiendo que por nosotros mismos no podemos quitarnos esas manchas, también hemos de suplicar humildemente a Jesús: Si quieres, puedes limpiarme.

Sorprende que Jesús, en contra una vez más de lo que era habitual en su época, al ver ante sí al leproso extendió la mano y lo tocó… Jesús no le hizo ascos al leproso y no nos los hace a nosotros. Todo lo contrario, Él siente lástima, extiende su mano y nos toca con el Sacramento de la Reconciliación. Y nos limpia totalmente las manchas que el pecado ha producido en nuestra alma, para que no tengamos que avergonzarnos de ellas ni fingir para que no se nos noten.

ACTUAR:

¿Qué hago cuando descubro una mancha en mi ropa? ¿Me apresuro a lavarla, o procuro disimularla si no se nota mucho? ¿Qué hago cuando descubro “manchas” en mi alma? ¿He tenido la experiencia de que se notase mi pecado? ¿Cómo me sentí? ¿Qué “manchas” disimulo delante de los demás? Y si externamente no se me nota el pecado, ¿hago algo para eliminarlo, o lo dejo estar? ¿Con qué frecuencia me acerco al Sacramento de la Reconciliación? ¿Por qué? ¿Después de recibirlo me siento limpio?

Decía San Pablo en la 2ª lectura: No deis motivo de escándalo… No seamos descuidados y procuremos no llevar “manchas” en nuestra alma. Pero si por nuestro pecado nos “manchamos”, tanto si se nos nota como si no, acudamos humilde y confiadamente a Jesús en el Sacramento de la Reconciliación, para pedirle: Si quieres, puedes limpiarme. Que no nos dé vergüenza confesar nuestro pecado, porque es el medio por el cual el Señor nos toca y dice: Quiero: queda limpio. Y como el leproso, tendremos la alegría de poder seguir con nuestra vida, de nuevo limpia de pecado.

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