Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del III TO-C

Para que “hoy” se cumpla

03 to-c

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El nuevo presidente de Brasil, en su toma de posesión, afirmó: “Brasil por encima de todo, y Dios por encima de todos”. Como afirmó la “Línea editorial COPE” del día 2 de enero, “no debería haber problema en invocar a Dios en la escena pública, siempre que se haga con respeto y sin pretender utilizarlo en beneficio propio (…) No es lo mismo invocar a Dios como recurso dialéctico oportunista que practicar una política que busque el bien común, el diálogo y el respeto a los contrarios”. Porque por desgracia sabemos que muchas veces se ha afirmado actuar “en nombre de Dios” o se ha tergiversado la Palabra de Dios para satisfacer intereses personales, sociales o políticos en realidad muy alejados e incluso contrarios al Evangelio.

JUZGAR:

En el Evangelio vemos que Jesús, tras leer el pasaje del profeta Isaías, afirma: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Jesús se aplica a sí mismo esas palabras del profeta, pero no como un recurso populista para ganar seguidores, ni menos aún buscando algún tipo de beneficio propio. Jesús, efectivamente, cumplió la Palabra que Dios había dado por el profeta: el Espíritu del Señor descendió sobre Él en el momento de su Bautismo; anunció la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los que por diferentes motivos vivían “cautivos” y oprimidos, hizo “ver” a quienes estaban ciegos para encontrar a Dios, y toda su vida fue un derroche de la Gracia del Señor.

Y “hoy” nosotros estamos llamados a actuar “en nombre de Dios”, para que la Palabra de Dios, la Palabra que es Cristo, se cumpla en nuestro mundo. Pero para que esto ocurra, para que efectivamente “hoy” se cumpla la Palabra de Dios y no “nuestras palabras”, aunque éstas sean “en nombre de Dios”, debemos conocer lo que esa Palabra dice, para poder después llevarlo a la práctica. Y hemos de reconocer que tenemos un gran desconocimiento de la Palabra de Dios.

Por eso debemos fijarnos en la 1ª lectura para ver la relación que el pueblo de Israel tenía con el libro de la Palabra de Dios:

Todo el pueblo estaba atento: ¿Presto atención a la Palabra de Dios, ya sea al leerla o al escucharla?

El pueblo entero se puso en pie: Ponerse en pie significa una actitud de respeto. ¿Respeto la Palabra de Dios, por ejemplo leyéndola antes de la Eucaristía, o llegando con tiempo al templo, para no perderme ninguna de las lecturas?

Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura: ¿Me preparo para ser buen lector de la Palabra de Dios? ¿Presto atención durante la homilía? ¿Participo en algún grupo de formación, o de liturgia, para comprender mejor la Palabra?

El pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley: Tras escuchar la Palabra de Dios, ¿se produce en mí alguna emoción, alguna reacción, o me deja indiferente porque no le dejo que me interpele?

El pueblo entero respondió: «Amén, Amén»: “Amén” significa “así sea”, afirmando que se tiene por cierto y verdadero lo que se acaba de escuchar. Por tanto, decir “amén” es estar dispuesto a asumir un compromiso con esa Palabra. ¿Estoy dispuesto a llevar a la vida la Palabra de Dios, como hizo Jesús? ¿Sé dónde, cómo, a quiénes me envía el Señor a llevar la Buena Noticia?

ACTUAR:

En el Evangelio hemos escuchado que, tras leer Jesús el pasaje de Isaías, toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él. Hoy son muchos los “ojos” que están puestos en la Iglesia y en quienes celebramos la Eucaristía, buscando cualquier motivo para denunciar hipocresías, incoherencias, abusos, manipulaciones, supuestas búsquedas de poder o mantenimiento de presuntos privilegios…

Esta realidad es una llamada para crecer en la fidelidad al Evangelio, para que, como Jesús, no sólo digamos que hablamos y actuamos “en nombre de Dios”, sino que nuestras obras lo corroboren.

Para que “hoy” hagamos que se cumpla la Palabra de Dios, su Buena Noticia, tengamos presentes las palabras del Papa san Pablo VI en “Evangelii nuntiandi” 76, sobre la necesidad de ser testigos auténticos: «A estos “signos de los tiempos” debería corresponder en nosotros una actitud vigilante. Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: “¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís?” Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos».

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