Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía V del TO-C

No valen nuestras excusas

05 TO-C

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VER:

Una persona de mediana edad me dijo hace tiempo: “Cuando ya esté jubilada, entonces me acercaré a la parroquia y colaboraré”. Pero esta persona falleció antes de jubilarse, con lo cual nunca se comprometió en su parroquia. Muchas veces posponemos nuestro compromiso cristiano hasta que se cumplan una serie de condiciones: “Cuando me toque la lotería daré más para Cáritas”; “Cuando tenga a mis hijos criados seré catequista”; “Cuando termine los estudios me uniré a algún grupo”… En muchos casos, estos argumentos no son sino excusas porque en realidad no queremos comprometernos. Otras veces apelamos a supuestas o reales carencias: “Es que no sé… Es que no me atrevo… Soy muy torpe… ¿Quién soy yo para dirigirme a otros…?” Y el tiempo va pasando y nunca damos un paso adelante para asumir nuestro compromiso cristiano.

JUZGAR:

Lo de poner excusas a Dios no es nuevo; así lo hemos escuchado en la 1ª lectura: Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros… y también en el Evangelio, cuando Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

Pero ante la llamada de Dios no valen nuestras excusas, reales o supuestas. Frente a lo que Isaías alegaba, voló uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar… la aplicó a mi boca y me dijo: «Mira, esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado». El pecado de Isaías es purificado y perdonado por Dios. Y frente a las palabras de Pedro, Jesús le responde: No temas: desde ahora serás pescador de hombres. No se niega el propio pecado, la propia debilidad, las propias carencias… pero nada de eso es obstáculo para Dios, que quiere contar con nosotros y, para eso, Él mismo perdona nuestros pecados y suple nuestras carencias capacitándonos para la misión.

Ésta fue la experiencia de san Pablo, que hoy nos conviene meditar: soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pablo es consciente de lo que ha hecho; humanamente no es digno de hablar del Señor y su Evangelio. Pero contando con esa conciencia de su pasado, se sabe llamado y enviado por el mismo Señor: Por la gracia de Dios soy lo que soy. Precisamente porque conoce sus carencias y su pecado es por lo que Pablo es capaz de reconocer que su acción como Apóstol se debe a la gracia de Dios y no a sus méritos personales.

El ejemplo de Pablo es una llamada a reconocer nuestra propia realidad, sea la que sea, pero sabiéndonos amados y llamados por Dios, que como a Isaías nos pregunta: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? y como a Pedro nos dice: No temas: desde ahora serás pescador de hombres.

Y entonces no daríamos largas a Dios, ni le pondríamos excusas, sino que nuestra respuesta sería también: Aquí estoy, mándame… Y dejándolo todo, le siguieron… He trabajado más que todos ellos… Pero no con presunción sino con la misma humildad de San Pablo, reconociendo que Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Es Dios quien nos hace capaces de llevar a cabo la misión.

ACTUAR:

Ante la invitación a comprometerme en la parroquia, en un Equipo de Vida, en alguna de las tareas pastorales… ¿he pospuesto dicho compromiso alegando alguna de las excusas que indicábamos al comienzo? Si me fijo en Isaías o Pedro, ¿me siento “impuro”, pecador? ¿Experimento que Dios realmente ha perdonado mi pecado y sigue contando conmigo? ¿Sería capaz de afirmar con humildad pero con convencimiento, como san Pablo, por la gracia de Dios soy lo que soy? ¿De qué modos puedo frustrar en mí esa gracia de Dios? ¿Qué estoy dispuesto a dejar para seguir a Jesús?

Ante la llamada de Dios no valen nuestras excusas, reales o fingidas. Para responderle sin miedo, tengamos presentes las palabras del Papa Francisco en Gaudete et Exsultate: “El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada” (1). “A cada uno de nosotros el Señor nos eligió «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4) (2). Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, y así tu preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina” (24). “No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia” (34).

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