Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XVIII del TO-C

La Gran Esperanza

18 TO-C

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VER:

Tras celebrar un funeral, la viuda del difunto exclamó: “Esta vida es un engaño”. No es que este matrimonio hubiera tenido una vida especialmente difícil: eran gente trabajadora y la suya fue una vida “normal”, con sus etapas buenas y malas, como la de tantos; durante su juventud tuvieron contacto con su parroquia, pero luego se apartaron; habían criado bien a sus hijos, habían visto nacer varios nietos y compartieron su vida hasta la ancianidad… pero la viuda sentía que todo eso no era suficiente. Es una experiencia que, sobre todo en la edad adulta, podemos tener: todo lo que parece llenar nuestra vida, todo lo que nos ocupa y preocupa, en un momento de crisis, o simplemente cuando nos detenemos a reflexionar, nos parece “poca cosa”. No es que despreciemos lo que tenemos, es que sentimos que no nos llena, que necesitamos “algo más”.

JUZGAR:

Es la experiencia que recoge el autor del libro del Eclesiastés, como hemos escuchado en la 1ª lectura: ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar; de noche no descansa su mente. Cuántas veces nos preguntamos esto mismo. Y el Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Spe salvi” sobre la esperanza cristiana, también recoge esta experiencia: “A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá” (30).

Y el Papa Benedicto apunta directamente a la razón de esa insatisfacción: “quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo»” (27). La gran esperanza sólo puede ser Dios, de ahí que cuando nos apartamos de Él, o vivimos como si Él no existiera, la consecuencia es que nada ni nadie podrá llenar de verdad nuestra vida, por muy humanamente dichosa que sea.

De ahí las palabras de Jesús en el Evangelio: aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Ya sean bienes materiales o inmateriales, nuestra vida necesita un fundamento verdaderamente sólido, y éste sólo puede ser Dios.

Por eso Jesús advertía sobre el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios, y San Pablo en la 2ª lectura invitaba a buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo. No se trata de despreciar o minusvalorar lo que tenemos, todo lo contrario. Como dice el Papa Benedicto: “necesitamos tener esperanzas -más grandes o más pequeñas-, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar”. Si no queremos llegar a la conclusión de que “esta vida es un engaño”, nuestro caminar diario no debe transcurrir prescindiendo de Dios o al manteniéndole al margen, separando la fe y la vida.

ACTUAR:

¿En algún momento he pensado que “esta vida es un engaño”? ¿Qué “esperanzas” centran ahora mi atención? ¿Tengo presente la Gran Esperanza que es Dios? ¿Separo mi fe de mi vida?

Para no creer que esta vida es un engaño, para buscar los bienes de allá arriba, primero necesitamos vivir la Gran Esperanza desde la oración, la Eucaristía y una buena formación cristiana, porque “Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto” (31).

Y para ser ricos ante Dios, como nos pedía Jesús, nuestra vida cotidiana no debe discurrir al margen de la fe. Tenemos que experimentar y mostrar lo que dijo el Papa Francisco en “Evangelii gaudium”: “que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas (…) No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo” (266).

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