Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XX del TO-C

Pirómanos

20 TO-C

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VER:

En pleno verano, lamentablemente, solemos sufrir el azote de los incendios forestales. La mayoría de las veces estos incendios no se deben a causas naturales, sino a la acción humana, unas veces por inconsciencia o descuido, y otras por la acción de pirómanos, esas personas que sufren un trastorno que les lleva a provocar incendios. Lógicamente, solemos atribuir un sentido destructivo a todo lo que tiene que ver con incendios, pero el fuego ha tenido a lo largo de la historia también un sentido purificador, como en el caso de los rituales de la noche de San Juan o las Fallas de Valencia, como un modo seguro de eliminar lo negativo, lo malo, lo viejo, lo inservible… para dar paso a algo nuevo y mejor.

JUZGAR:

En el Evangelio, Jesús se nos ha mostrado como un auténtico “pirómano”: He venido a prender fuego a la tierra, ¡Y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Sus palabras escandalizarían entonces lo mismo que si hoy escuchásemos a alguien afirmar que desea pegar fuego a un bosque o a un edificio.

No hay que rebajar la fuerza de estas palabras de Jesús. Son unas palabras duras, que parecen contradecir la imagen que tenemos de Él, y también su mensaje. Jesús es un verdadero “pirómano”, pero en el sentido purificador de ese fuego que Él desea que ya esté ardiendo.

Con la predicación del Evangelio, Jesús desea “prender fuego” a este mundo, para purificarlo de todo lo malo, lo negativo, lo que estorba para que el ser humano pueda vivir conforme a su dignidad de hijo de Dios. Y esto, inevitablemente, será causa de enfrentamientos y divisiones.

Pero no sólo eso: hoy Jesús también quiere “prendernos fuego” a nosotros, para purificarnos. Porque, sobre todo en los países que primero recibieron la predicación del Evangelio y forman parte del mundo desarrollado, los cristianos hemos acomodado el Evangelio a nuestros intereses. Nos hemos fabricado un estilo de vida en el que ser cristianos “no molesta”, ni a nosotros ni a los demás. Tomamos del Evangelio lo que nos resulta más agradable, y apartamos lo que nos obligaría a tomar posturas más comprometidas, o a ir contra corriente en nuestros ambientes de familia, trabajo, relaciones… Para evitarnos conflictos y divisiones, ocultamos nuestra fe y lo que implica.

Sin embargo, si de verdad queremos seguir a Jesús, hemos de ser “pirómanos”, como Él. Hemos de tener la actitud del profeta Jeremías, que por su fidelidad a Dios tuvo que predicar al pueblo un mensaje que no fue bien recibido y que le provocó enfrentamientos, sufrimientos y un rechazo brutal, como hemos escuchado en la 1ª lectura: Muera ese Jeremías… y lo arrojaron en el aljibe.

Ser “pirómanos” no es fácil: supera nuestras fuerzas, pero no estamos solos: Una nube ingente de testigos nos rodea, como hemos escuchado en la 2ª lectura: Son muchos los que, con una vida similar a la nuestra, han sido “pirómanos” al estilo de Jesús, verdaderos testigos de fe que nos alientan.

Y hay muchos tipos de testigos. Ser “pirómanos” no nos exigirá siempre que seamos mártires, pero sí que seamos fuertes y coherentes con el Evangelio. Y esa coherencia la tendremos que demostrar sobre todo en nuestro día a día, en las cosas sencillas, en el trato con los que nos rodean. Y a veces nos enfrentaremos con las personas más cercanas a nosotros, más queridas incluso, pero ahí deberemos demostrar, con todo el cariño pero con toda firmeza, nuestra fidelidad al Señor.

ACTUAR:

¿Vivo la fe de un modo acomodado, o comprometido? ¿Ser cristiano me ha acarreado algún enfrentamiento o división con personas cercanas? ¿Qué necesito purificar, a qué debo “prender fuego” en mí, a qué actitudes, creencias, hábitos…? ¿Y en mis ambientes? ¿Qué debería arder más?

Jesús hoy nos invita a ser “pirómanos”, no fundamentalistas sino como Él lo fue, con el fuego de su amor entregado hasta el extremo. Ser cristianos no es “el opio del pueblo”, no es un modo de tranquilizar la conciencia: es un compromiso sincero por un mundo mejor, cada uno en la medida de sus posibilidades, pero sin dejar de trabajar y luchar, “prendiendo fuego” a lo que nos estorba y el pecado que nos ata. Tengamos los ojos fijos en Jesús, y pidámosle que el fuego de su amor, que no quiere destruir sino purificar, prenda también en nosotros y nos convirtamos en parte de esa nube ingente testigos, en verdaderos “pirómanos” que hagan arder el mundo con el fuego del Evangelio.

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