Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XXII del TO-C

Humildes y humillación

22 TO-C

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VER:

El domingo pasado dijimos que, si de verdad queremos ser cristianos, el Señor nos invita a cambiar de mentalidad, a ser humildes y aceptar la corrección. La humildad es uno de esos conceptos que “no está de moda” y que se entiende muy mal, tanto por creyentes como por no creyentes, porque a menudo se identifica la humildad con falta de carácter, ojos bajos, voz suave, postura encorvada, vestidos modestos, falta de medios económicos… Y lo que es peor: se confunde humildad con humillación, con sumisión, baja autoestima, inferioridad e incluso desprecio de uno mismo.

JUZGAR:

Esto es así porque se han malinterpretado las palabras de Jesús en el Evangelio: todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido, y se ha transmitido la idea de que “humillarse” mediante el desprecio a uno mismo es algo que agrada a Dios. Y por eso no es de extrañar que se haya producido una reacción en contra, y que muchos se aparten de la Iglesia y de la fe cristiana.

Pero no hay que confundir humildad con humillación. La humildad consiste en el “conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. Y esto no implica para nada tener una baja autoestima, sentirse inferior, ni mucho menos despreciarse.

Todo lo contrario: la humildad es un estilo de vida, que en el cristiano surge al reconocerse criatura de Dios, con toda la grandeza que esto implica. La persona humilde sabe vivir plenamente su relación con Dios y con los demás, sin dejarse llevar por el orgullo, la presunción o la vanidad, llevando a la práctica lo que hemos escuchado en la 1ª lectura: en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios.

Por eso Jesús nos llama a la humildad. Como dice el Papa Francisco en “Gaudete et exsultate” 71: en “el reino del orgullo y la vanidad, donde cada uno se cree con el derecho de alzarse por encima de los otros, aunque parezca imposible, Jesús propone otro estilo”. Él nos dice: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Jesús nos llama a unirnos a Él en lo cotidiano, por el camino de la humildad, para compartir su misma meta. Él fue verdaderamente humilde, y con sus palabras y obras nos demostró que la humildad es el verdadero camino hacia Dios, para “ser enaltecidos”, dándonos ejemplo porque Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo… (Flp 2, 6ss)

Y entonces, siguiendo a Cristo en este estilo de vida, descubriremos lo que el Papa Francisco también advierte: “La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde”. Pero no se trata de buscar o desear las humillaciones por sí mismas, como algo positivo, sino de soportarlas en vistas a un bien mayor, como Cristo soportó las humillaciones en su Pasión y su muerte en la Cruz por nuestra salvación.

ACTUAR:

Si me preguntan, ¿sabría decir en qué consiste la humildad? ¿Confundo humildad con humillación? ¿Me considero una persona humilde? ¿Qué signos de humildad descubro en mí, y qué signos de orgullo? ¿Tengo presente el ejemplo de humildad de Cristo? ¿Soporto las humillaciones?

Los cristianos no tenemos que ser personas apocadas, retraídas, aparte de los demás. Cristo fue el verdadero humilde, viviendo con normalidad y hablando con valentía y contundencia cuando era necesario. Tampoco confundamos humildad con humillación: Cristo nos enseña que la persona humilde soporta la humillación cuando es necesario, pero no la busca creyendo que agrada a Dios.

Pidamos al Señor que nos guíe y que fortalezca nuestra fe para no tener miedo de ir “contra corriente” y no caigamos en el orgullo, la presunción y la vanidad. Fijemos nuestra mirada en Jesús y sigamos sus pasos, actuando como Él lo haría en las cosas humildes y sencillas de cada día. Es verdad que, como ha escrito el Papa Francisco, siguiendo a Cristo en este estilo de vida algunos “pensarán que soy un necio, que soy tonto o débil. Tal vez sea así, pero dejemos que los demás piensen esto” (Gaudete et exsultate 74). “Los miembros de la Iglesia no tenemos que ser “bichos raros”, pero al mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar lo que este mundo no ofrece” (Christus vivit 36).

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