Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XXX del TO-C

Una cura de humildad

30 TO-C

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Después de una metedura de pata en un tema que en teoría tenía controlado, algo avergonzado comenté con otro compañero: “La verdad es que nunca nos viene mal una cura de humildad”. Una cura de humildad es una experiencia que echa por tierra la presunción, el orgullo, la prepotencia, el engreimiento… en los que tan fácilmente caemos de forma más o menos declarada, en diferentes situaciones de la vida cotidiana. La cura de humildad nos recuerda que, aunque no nos guste reconocerlo, somos imperfectos, pecadores y que podemos fallar en cualquier momento. Y por tanto, la cura de humildad también debería servirnos de lección para no criticar y ser más comprensivos con quienes también son imperfectos y de hecho, a veces, fallan y nos fallan.

JUZGAR:

También en lo referente a la fe nos viene bien de vez en cuando una cura de humildad, y la parábola que Jesús ha dicho este domingo nos lo recuerda. Porque bastantes veces, aunque no lo hagamos de forma explícita, en la práctica nos parecemos mucho al fariseo.

Él se mantiene erguido ante Dios, lo que indica cierto orgullo, no tiene nada de qué avergonzarse: ¿cuál es mi “postura” ante Dios? ¿Puedo ponerme en su presencia “con la cabeza bien alta”?

El fariseo empieza bien su oración, dando gracias a Dios, pero enseguida aparece el engreimiento y la prepotencia: no soy como los demás. ¿En general me considero mejor que los demás, o por lo menos por encima de la media? ¿Qué características mías creo que marcan la diferencia respecto a ellos?

Ladrones, injustos, adúlteros: ¿Me fijo mucho en los aparentes defectos y critico los pecados de los demás? ¿Estoy convencido de que yo nunca los cometo o los cometería?

Ni como ese publicano: ¿Hay alguna persona o grupo de personas por quienes sienta especial desprecio? ¿En qué razones me baso para tener esos sentimientos?

Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo: ¿Me considero buen cristiano? ¿Llevo cuenta de mis “méritos”? ¿Los considero como un “saldo a mi favor” ante Dios, por los que espero recompensa o, por lo menos, reconocimiento?

Con esta parábola, Jesús nos está diciendo que la oración del fariseo, aunque en apariencia es irreprochable, en realidad no es ni siquiera oración, es un ejercicio de autocontemplación y autocomplacencia egocéntrica. Por eso el fariseo sufre una cura de humildad ante el publicano, ya que en contra de lo que cualquiera que lo contemplase creía, el publicano bajó a su casa justificado, pero el fariseo no, porque todo el que se enaltece será humillado.

Jesús nos propone como modelo al publicano, que no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, porque, aunque no nos guste y nos resulta doloroso, nos viene bien de vez en cuando una cura de humildad. A veces sólo “aprendemos la lección” cuando nos vemos enfrentados a nuestro pecado, y esa conciencia hace que no nos atrevamos siquiera a acercarnos al Señor; que, aunque vayamos al templo, no somos capaces de dirigir la mirada hacia el Sagrario y menos aún acercarnos a comulgar.

Pero el Señor nos propone como modelo al publicano porque éste, precisamente porque se reconoció pecador, fue el que bajó a su casa justificado. Y nos invita a que de nuestro corazón salga, esta vez sí, una oración sincera: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Y que entonces nos acerquemos al Sacramento de la Reconciliación realmente arrepentidos, para recibir su perdón, para que también “bajemos a nuestra casa” justificados, como el publicano.

ACTUAR:

¿En qué ocasiones he tenido una “cura de humildad”? ¿Aprendí algo de ella, cambié de actitud? ¿Qué características del fariseo descubro en mí? ¿He vivido la experiencia del publicano? ¿Recuerdo alguna ocasión en la que me he sentido verdaderamente perdonado? ¿Cuánto hace que no he recibido el Sacramento de la Reconciliación? ¿Siento verdadero dolor de los pecados?

Que esta parábola nos enseñe a no rechazar las curas de humildad, sino a aceptarlas como una ocasión para, verdaderamente arrepentidos, acercarnos a Él como hizo el publicano, porque como dice el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” 3: ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia.

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