Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía Bautismo del Señor-A

De dentro afuera

Bautismo de dentro afuera

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Una conocida marca de productos lácteos, al lanzar una de sus campañas publicitarias, afirmaba: “si estamos bien por dentro nos sentimos mejor y eso se nota y se transmite en nuestro día a día”. No es ninguna novedad, es una experiencia que tenemos: se nota que una persona es feliz, o está enamorada, o es equilibrada… porque transmite esa sensación a su alrededor, aunque no diga nada. Su postura corporal, la expresión de su rostro, su mirada, su tono de voz… lo están reflejando. Y a menudo estas personas nos provocan una sana envidia porque también quisiéramos sentirnos así.

JUZGAR:

Hoy estamos celebrando la fiesta del Bautismo del Señor, que cierra el tiempo litúrgico de Navidad. En el Evangelio hemos escuchado el relato del bautismo de Jesús en el Jordán. Jesús, como Hijo de Dios, no necesitaba recibir el Bautismo de Juan, que era un bautismo de conversión, destinado a los pecadores. Pero Jesús quiso “pasar como uno de tantos” (cfr. Flp 2, 7) y se sometió voluntariamente para cumplir así todo lo que Dios quiere.

Pero aquí se manifiesta la diferencia: Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. Y vino una voz del cielo, que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Jesús es ungido por el Espíritu Santo y el Padre lo proclama públicamente como su Hijo. Jesús, al recibir el Bautismo, le da un nuevo sentido, mucho mayor que el de la mera conversión que predicaba Juan; porque a partir de su Bautismo, Jesús comenzará la misión para la que se ha encarnado.

Una misión que desarrollará con el estilo del Siervo profetizado por Isaías, como hemos escuchado en la 1ª lectura: No gritará, no clamará, no voceará… La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho… para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas. La conciencia que Jesús tenía de su identidad como Hijo de Dios y de su misión, lo que Él vivía en su interior, se le notaba en su día a día y lo transmitía en sus palabras, en sus acciones, en sus gestos, en su mirada… y por eso la gente se quedó admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad (Mt 7, 28-29).

Y en esta fiesta del Bautismo del Señor, una de las oraciones colectas dice así: “concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquél a quien hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad”. Como discípulos y apóstoles suyos, que estamos llamados a la santidad, también quisiéramos que a nosotros se nos notara más y mejor lo que vivimos en nuestro interior, para transmitirlo en nuestro día a día, en nuestras palabras, gestos, acciones…

De ahí que hoy también recordemos nuestro propio Bautismo, que está fundado en el Bautismo de Jesús. El Bautismo cristiano es principalmente signo de la fe, de la conversión, de la orientación de la vida a Jesucristo Muerto y Resucitado. Y todo esto debe salir de dentro afuera.

Jesús comenzó su vida pública a partir de su Bautismo, no vivió su vida para sí mismo, sino para los demás, para nosotros; literalmente se “des-vivió” por el prójimo, sobre todo el herido, el descartado. Del mismo modo nuestro Bautismo conlleva el seguimiento de Jesús, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo (2ª lectura). Si deseamos que la fe que profesamos se note de dentro afuera, nuestro Bautismo nos reclama una “vida pública”, un compromiso por continuar el anuncio del Reino que Jesús comenzó, con nuestras palabras, obras y gestos.

ACTUAR:

¿Estoy bien “por dentro”? ¿Se me nota, aunque no lo diga? ¿Hay alguien a quien me gustaría parecerme porque noto que “está bien”? ¿Qué significa para mí el Bautismo de Jesús? ¿Y qué repercusiones tiene en mi día a día, dentro y fuera de la Iglesia, el Bautismo que he recibido?

El tiempo de Navidad, durante el que hemos celebrado la Encarnación del Hijo de Dios, se cierra con esta petición: “transformarnos interiormente a imagen de Aquél a quien hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad”. Y esa transformación de dentro afuera se produce por el don del Espíritu que hemos recibido en el Bautismo, por el que somos verdaderamente hijos e hijas de Dios, de modo que todo lo que Cristo vivió lo podamos vivir con Él y como Él.

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