Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía III del TO-A

Una Luz brilla en las tinieblas

03 TO-A

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El día 1 de enero una persona me dijo: “Anoche, viendo las campanadas, no me cabía en la cabeza que la gente tuviera ganas de decir feliz año nuevo, tal como están las cosas.” Y no podemos negar la realidad: la falta de trabajo o la precariedad laboral, las malas perspectivas económicas, la situación política nacional, la escalada de tensión internacional, el drama la inmigración, los incendios devastadores en Australia, la violencia y agresiones sexuales… Además, los problemas personales, rupturas familiares, enfermedades… Todo esto hace que el año nuevo se presente para muchos como algo oscuro y lleno de amenazas, en donde inevitablemente te tienes que meter sin saber si saldrás. De ahí que no se tengan ganas de decir “feliz año nuevo”.

JUZGAR:

Esta experiencia de oscuridad, amenaza, incertidumbre… se ha repetido a lo largo de la historia de la humanidad. En la 1ª lectura hemos escuchado a Isaías hablando del país de Zabulón y el país de Neftalí, refiriéndose a ellos como el pueblo que caminaba en tinieblas y habitaban tierra de sombras, porque el pueblo de Israel está viviendo unos momentos muy difíciles por las continuas invasiones enemigas que sufría, que dejaban desolación y destrucción. Pero en medio de esa situación tan angustiosa y sin esperanza, el profeta anuncia una luz grande, una luz les brilló.

Una profecía que el evangelista Mateo utiliza para narrar el comienzo de lo que se ha llamado la “vida pública” de Jesús, que precisamente dejando Nazaret, se estableció… en el territorio de Zabulón y Neftalí (…) Entonces comenzó Jesús a predicar… Aunque la Navidad ya ha pasado y casi la hemos olvidado, la Palabra de Dios en este domingo tercero del tiempo ordinario todavía nos ofrece una continuidad para que no perdamos lo que estuvimos celebrando. Porque el anuncio de Isaías: una luz les brilló, nos trae a la memoria el prólogo del Evangelio según san Juan que leíamos el día de Navidad y el segundo domingo después de Navidad: La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre… Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria (Jn 1, 9.14).

Hoy se nos recuerda que Jesús, el Hijo de Dios encarnado, es esa Luz grande que brilla y que se ofrece al conjunto del pueblo y a cada uno en particular cuando, por el motivo que sea, se siente habitando en tinieblas, en tierra y sombras de muerte.

Pero como también advierte el evangelista san Juan, la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió (v.5). El Hijo de Dios encarnado no impone su Luz sobre el ser humano, sino que propone el camino a seguir: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Una propuesta que se dirige a todos: Venid y seguidme… Y es una propuesta que el ser humano puede rechazar o aceptar.

Rechazarla tiene como consecuencia seguir habitando en tinieblas y en tierra y sombras de muerte. Aceptar la propuesta de la Luz de Jesús tiene como consecuencia lo que también dice san Juan: A cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios (v. 12), pero con un matiz: si creen en su nombre. Porque la aceptación de la Luz que es Jesús conlleva la conversión, es decir, un cambio de criterios, valores, actitudes… un nuevo modo de pensar, sentir y vivir, acorde con el Evangelio. Y entonces también nos convertiremos en pescadores de hombres, en discípulos y apóstoles que continúan anunciando el Evangelio para que la Luz que es Cristo siga brillando en medio de las tinieblas.

ACTUAR:

¿Soy de los que se sienten “habitando en tinieblas y en tierra de sombras”? ¿Cómo he acogido en mi vida la Luz que es Cristo, en qué se ha concretado la conversión a la que Él nos invita? ¿Me siento llamado personalmente por Él a seguirle como pescador de hombres?

Ante las tinieblas que nos acechan, no estamos solos: tenemos a Cristo, la Luz que brilla en las tinieblas, y la liturgia nos ayuda a recordarlo. Prestemos atención a lo que celebramos porque “el año litúrgico nos va marcando como unas señales en el camino del tiempo de nuestra vida, ayudándonos a un mayor conocimiento de Jesucristo para poder amarle más y seguirle mejor. El Adviento, la Navidad, la Cuaresma, la Pascua, el Tiempo Ordinario… son como marcos de referencia para ir celebrando la vida y nuestro caminar hacia el Reino de Dios en su plenitud, pero sabiendo que ya está entre nosotros. Ir celebrando a Jesucristo al ritmo del año litúrgico supone reforzar la conexión entre la fe y la vida, entre sentir y el vivir, entre la relación con lo divino y lo humano. Porque desde Cristo es inseparable la fe y la vida, Dios y los hombres” (Cáritas Española – Adviento y Navidad 2019-2020).

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