Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XVI del TO-A

Justos, no justicieros

VER: En la serie “Por muchas razones”, en el último capítulo, uno de los actores dice esta frase: “Al final los malos ganamos a los buenos”. Mucha gente haría suya esta afirmación: ya sea en las pequeñas cosas de cada día como en los grandes temas mundiales, una constante es que quienes van a la suya, no piensan en los demás, se saltan las leyes, defraudan… acaban saliéndose con la suya, mientras que las personas que intentan hacer las cosas correctamente lo pasan peor y parece que su trabajo y esfuerzo resulta inútil o cae en el vacío. Esta experiencia puede provocar que algunas personas se harten y acaben tomándose la justicia por su mano, con graves consecuencias.

JUZGAR: Aunque seamos cristianos, y a veces precisamente por serlo, también nosotros sentimos ese hartazgo ante tantos que se salen con la suya y sin que les suponga grandes consecuencias. Y como el Señor dijo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia (Mt 5, 6) y creemos tener claro lo que está bien y lo que está mal, aflora en nuestro interior una especie de “vena justiciera” que nos hace desear que “quien la hace la paga”, incluso rezamos para que “Dios les castigue”. Pero como vemos que eso no ocurre, lamentablemente en la Historia de la Iglesia ha habido quienes, “en nombre de Dios”, se han tomado la justicia por su mano para castigar a los que hacen el mal.

Sin embargo, tomarse la justicia por su mano es totalmente contrario al Evangelio; ni siquiera debemos desear que Dios castigue a quienes consideramos culpables, porque como hemos escuchado en la 2ª lectura, nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene.

Para que no seamos “justicieros” y sepamos qué actitud debemos adoptar como cristianos, el Señor hoy nos ofrece la parábola del trigo y la cizaña. Como los criados de la parábola, a nosotros lo primero que nos sale de dentro es “la vena justiciera”: arrancar la cizaña, extirpar el mal cuanto antes. Pero el dueño del campo, que es el Señor, muestra una actitud muy distinta.

Él no niega que hay un mal, la cizaña; y sabe que ese mal ha sido realizado intencionadamente por una persona “mala” (un enemigo lo ha hecho). Pero su reacción no es tomarse la justicia por su mano contra ese enemigo; ni siquiera lo vuelve a mencionar. Y tampoco quiere arrancar el mal de raíz, indicando a los criados, y a nosotros, las consecuencias que eso podría tener: No, que podríais arrancar también el trigo. El Señor toma otra actitud, sorprendente: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

El bien y el mal no están tan definidos como nosotros creemos; a veces están tan entrelazados, en uno mismo, en las realidades humanas, en la sociedad… que no se deben adoptar medidas drásticas y tajantes porque se puede provocar mucho daño. Con esta parábola, el Señor nos pide que, aunque tengamos delante el mal y veamos que va creciendo, no nos tomemos la justicia por nuestra mano para “arrancar el mal”, ni pidamos a Dios que castigue a “los enemigos” que siembran tanto mal: aguardemos hasta que llegue el momento en el que, como ocurre con las espigas maduras de trigo y de cizaña, el mal quede bien identificado y entonces será el momento de “segarlo”.

Seguramente el proceder de Dios choca con nuestra mentalidad y deseos, incluso “no lo consideramos justo”; pero la 1ª lectura nos ha dicho algo sobre Dios que no debemos olvidar: Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento. Dios nos pide que seamos justos, no justicieros, y aunque haya enemigos que siembren el mal, y lo suframos, no debemos perder nuestra humanidad devolviendo mal por mal e insulto por insulto (1Pe 3, 9); Dios nos pide que también demos lugar al arrepentimiento.

ACTUAR: ¿Creo que “los malos ganan a los buenos”? ¿En alguna ocasión he deseado que Dios castigue a alguien? ¿He llegado a tomarme la justicia por mi mano? ¿Pienso en las consecuencias de actuar como un justiciero? ¿Sé aguardar, doy lugar al arrepentimiento de quien considero mi “enemigo”?

Que el Espíritu Santo, que viene en ayuda de nuestra debilidad (2ª lectura) nos recuerde lo que el Señor nos dice. Que nos enseñe a tener hambre y sed de la justicia, pero no como justicieros, porque reconozcamos que no estaríamos hoy aquí si Dios no tuviera paciencia y nos diera lugar para arrepentirnos de la cizaña que llevamos en nosotros y que también sembramos con nuestros actos.

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