Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del XVII del TO-A

Vender para comparar

17-to-a

VER: En un canal de televisión emiten un programa titulado “Vender para comprar”. En él, dos expertos que se dedican al negocio inmobiliario ayudan a unos propietarios a encontrar “su vivienda soñada”. Pero esa “vivienda soñada” normalmente queda fuera de sus posibilidades económicas, por lo que estos hermanos les aconsejan reformar su vivienda actual para poder venderla en mejores condiciones económicas y entonces poder comprar la vivienda que desean. En otros muchos casos de nuestra vida se produce esta situación, que la sabiduría popular recoge en un refrán: “El que algo quiere, algo le cuesta”, sobre todo cuando ese “algo” es muy importante.

JUZGAR: Hoy Jesús en el Evangelio ha continuado hablándonos sobre el Reino de los Cielos, con dos parábolas muy conocidas: el tesoro escondido y la perla de gran valor. En ambos casos, los protagonistas de las parábolas se encuentran con algo que desean, y cada uno vende todo lo que tiene para poder hacerlo suyo. Lo que venden es valioso, pero lo que desean lo es todavía más.

Jesús nos está diciendo que el Reino de los Cielos es ese tesoro de inmenso valor, y que debería ser algo deseado por cualquiera que se lo encontrase. Pero para hacerlo nuestro, para “comprarlo”, antes hay que estar dispuestos a “vender” algo.

No debemos tomar al pie de la letra el lenguaje mercantil, para evitar volver a errores pasados cuando se compraban indulgencias para “entrar en el cielo”. Ni tampoco debemos simplificar ese estar dispuestos a “vender” algo como la realización de una serie de renuncias que, como contrapartida, nos obtendrían el Reino de los Cielos. Pero como escribió G. Bernanos en “Diálogos de carmelitas”: “no somos una empresa de mortificación ni conservatorios de virtudes”. Ésta sería la actitud que el Papa Francisco ha descrito como “nuevos pelagianos”, “quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas” (GE 49, EG 94).

El Reino de los Cielos es algo de tanto valor que queda totalmente fuera de nuestras posibilidades humanas. Seguramente, en nuestro estado actual, no estamos en condiciones de “vender todo lo que tenemos” para hacer nuestro el Reino de los Cielos. Por eso, para “comprarlo”, antes debemos efectuar algunas “reformas” en nosotros mismos.

La primera “reforma” es cuestionarnos si de verdad deseamos el Reino de los Cielos; si de verdad lo vemos como lo más valioso, porque si no es así, difícilmente estaremos dispuestos a “vender todo lo que tenemos”.

Y después, si de verdad queremos “comprar el Reino”, pero lo vemos fuera de nuestro alcance, necesitamos descubrir qué “reformas” debemos llevar a cabo en nosotros y en nuestra vida para estar en condiciones de “vender todo lo que tenemos”. No se trata de hacer unos apaños ni unas “chapuzas” para salir del paso; si de verdad queremos hacer nuestro el Reino de los Cielos, las reformas habrán de ser en profundidad, poniéndonos en manos de “expertos” acompañantes que nos ayuden a identificar qué debemos reformar, cómo realizar la reforma y qué materiales utilizar.

ACTUAR: ¿De verdad deseo el Reino de los Cielos? ¿Pienso que “lo tengo que comprar” a base de mortificaciones y renuncias? ¿Estoy dispuesto a hacer en mí las reformas necesarias para alcanzarlo? ¿Hay algo en mí que no quiera “vender”, algo de lo que no quiera desprenderme, ni siquiera por el Reino de los Cielos? ¿Me pongo en manos de “expertos”, sigo o quiero seguir acompañamiento espiritual que me oriente en este proceso de “vender para comprar” el Reino?

Si de verdad queremos ser cristianos, debemos desear el Reino de los Cielos considerándolo lo más valioso, por el cual merece la pena hacer las reformas necesarias para “vender todo lo que tenemos”. Y el Señor se pone a nuestro lado como el “Experto” que nos acompaña en este proceso. Así lo dijo el Papa Francisco: “Como no puedes entender a Cristo sin el reino que él vino a traer, tu propia misión es inseparable de la construcción de ese reino. Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo contigo, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca”. (Gaudete et exsultate, 25)

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