Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XVIII del TO-A

¡Al grano!

18 TO-A

VER: Algo muy común entre representantes políticos de cualquier tendencia, pero también en otras áreas, es la aparente incapacidad que tienen algunas personas para hablar con claridad y concisión sobre cualquier tema. Ante preguntas simples, se pierden en divagaciones, palabras altisonantes, circunloquios… que nos suenan a “más de lo mismo” y acaban provocando hartazgo y que se deje de prestar atención a lo que están diciendo, porque como ya dijo en 1975 el Papa San Pablo VI en “Evangelii nuntiandi” 42: “el hombre moderno, hastiado de discursos, se muestra con frecuencia cansado de escuchar y, lo que es peor, inmunizado contra las palabras”. A estas personas dan ganas de decirles: “¡Al grano!”, que es una expresión utilizada para ir sin rodeos a lo fundamental de un asunto.

JUZGAR: También en lo referente a la fe podemos sentir esa necesidad de “ir al grano”, porque podemos perdernos en reflexiones, fundamentaciones, análisis… que nos suenan a algo ya dicho y escuchado muchas veces. Como ya advirtió el Papa Francisco en “Evangelii Gaudium” 34: “el mensaje que anunciamos corre más que nunca el riesgo de aparecer mutilado y reducido a algunos de sus aspectos secundarios. El problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes, por sí solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo”.

Incluso con la Palabra de Dios tristemente puede ocurrirnos algo así: hay textos que hemos escuchado tantas veces que “nos los sabemos de memoria” y nos quedamos con las primeras ideas que nos sugieren, sin esperar que puedan aportarnos nada nuevo.

Uno de esos textos es el Evangelio que acabamos de escuchar: la multiplicación de los panes y los peces. Son múltiples los puntos de reflexión y oración que nos ofrece, pero… los hemos escuchado tantas veces, en diferentes momentos… que es muy fácil dejar de prestar atención.

Pero para evitar este peligro, tenemos que recordar siempre que, en la celebración eucarística, el Evangelio es una parte de toda la liturgia de la Palabra. Y en este Domingo la 2ª lectura es la que nos puede hacer “ir al grano” en nuestra oración. Merece la pena leerla despacio e interiorizarla, porque nos recuerda “el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido, hermosura y atractivo” (EG 34). Y “en este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado”. (EG 39). “El grano” que ilumina toda la Palabra de Dios es lo que San Pablo nos ha dicho: nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. Y el Amor de Dios nunca nos tiene que sonar a algo “ya sabido o escuchado muchas veces”.

Y ese amor de Dios manifestado en Cristo Jesús se plasma, se concreta en la Eucaristía, y entonces la multiplicación de los panes y los peces no es algo “ya sabido”, sino que anticipa lo que es “la fuente y cima de toda la vida cristiana”(LG 11), porque como dijo Benedicto XVI en “Sacramentum caritatis” (1): “la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios… En este admirable Sacramento se manifiesta el amor «más grande»”. La Eucaristía nunca nos debe sonar a algo “ya sabido o escuchado muchas veces”, porque nos conduce “al grano” de nuestra fe: el Amor de Dios.

ACTUAR: ¿En qué ocasiones he sentido deseos de decirle a alguien: “¡Al grano!”? ¿En lo referente a la fe hay temas, textos… que me suenan a “algo ya sabido o escuchado muchas veces”? ¿Tengo presente “el grano” de la fe cristiana, el amor de Dios manifestado en Cristo? ¿Cómo vivo la Eucaristía?

Nada en la fe cristiana tiene que provocarnos cansancio o sonarnos a lo de siempre. La Palabra de Dios en este Domingo nos invita a volver “al grano” de nuestra fe, que el Papa Francisco ha resumido en “Christus vivit” (111-129): “Es un anuncio que incluye tres grandes verdades que todos necesitamos escuchar siempre, una y otra vez. La primera verdad: “Dios te ama”. Si ya lo escuchaste no importa, te lo quiero recordar: Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. La segunda verdad es que Cristo, por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo. Pero hay una tercera verdad, que es inseparable de la anterior: ¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo. Si alcanzas a valorar con el corazón la belleza de este anuncio, si te dejas amar y salvar por Él; si entras en amistad con Él y empiezas a conversar con Cristo vivo sobre las cosas concretas de tu vida, ésa será la gran experiencia, ésa será la experiencia fundamental que sostendrá tu vida cristiana”.

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