Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XXI del TO-A

Tres palabras

VER:

Los que tenemos más de 50 años seguramente recordemos un bolero muy conocido, “Tres palabras”, una de cuyas estrofas dice: “Con tres palabras te diré todas mis cosas. Cosas del corazón que son preciosas”. La letra de este bolero nos recuerda algo: que para expresar lo mejor o lo más bonito, no hace falta hacer grandes discursos; con pocas palabras se puede decir mucho y llegar al corazón.

JUZGAR:

Cuando nos preparamos la Eucaristía, normalmente nos centramos en la Palabra de Dios, y no solemos fijarnos en las oraciones, prefacios… Por eso, es fácil que hoy hayamos pasado por alto que, desde el comienzo de la Eucaristía, en la oración colecta, han aparecido tres palabras: amor, esperanza y alegría. Son tres palabras que, como en el bolero, por sí solas, ya nos están “diciendo” muchas cosas, cosas preciosas, y con ellas ya tendríamos para un buen rato de oración.

Pero estas tres palabras no están expresando unos sentimientos o deseos genéricos, abstractos… Estas tres palabras son las que deben caracterizar a un auténtico cristiano, a quien quiera seguir a Cristo, y por eso van acompañadas de un contenido muy concreto: “Amor a tus preceptos”, “esperanza en tus promesas”, “verdadera alegría”. Y todo esto debe salirnos del corazón.

El auténtico seguidor de Cristo no cumple los preceptos del Señor como una obligación ni como una imposición; los cumple por amor, porque sabe que lo que el Señor nos pide es porque nos ama, porque quiere nuestro mayor bien y felicidad, y respondemos a su amor con amor, porque ése es el precepto que nos dejó el Señor: Amaos unos a otros como yo os he amado (Jn 15, 12).

El auténtico seguidor de Cristo espera que Dios cumpla sus promesas. Como dijo Benedicto XVI en “Spe Salvi”: “Se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (1). Dios nos ha prometido la Resurrección y la vida eterna, y nosotros esperamos esa promesa, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. (Rom 5, 5).

El auténtico seguidor de Cristo vive la verdadera alegría, que no es un sentimiento, sino “la alegría del Evangelio, que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG 1). Es la alegría que brota del encuentro con el Resucitado, que ha vencido la muerte y por eso es la verdadera alegría que se mantiene aun en medio de las dificultades, porque nos lo prometió el Señor: volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. (Jn 16, 22)

Con estas tres palabras, amor, esperanza, alegría, expresamos y sintetizamos lo que es ser cristiano. Pero para que les demos todo su contenido, el Señor nos cuestiona como hemos escuchado en el Evangelio: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y no vale dar una respuesta “aprendida”, “de Catecismo”: debemos responderle de corazón, como Pedro, y también con pocas palabras: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

ACTUAR:

Si alguien me preguntase qué caracteriza a un cristiano, ¿qué palabras utilizaría? Durante la Eucaristía, ¿presto atención a las oraciones y otros textos litúrgicos, o “desconecto”? ¿Entiendo los preceptos de Dios como una obligación, o como una muestra de su amor? ¿Me fío realmente de que Dios va a cumplir sus promesas? ¿Experimento la alegría del Evangelio, aunque esté pasando dificultades? Si alguien me preguntase, ¿sabría responder, con mis palabras, quién es Jesús para mi?

No hacen falta muchas palabras para expresar las cosas más importantes y llegar al corazón de las personas. Tampoco en lo referente a Dios hacen falta muchas palabras; de hecho, el Apóstol san Juan lo definió con una palabra: Dios es amor (1Jn 4, 8), un amor manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro y del que nada podrá apartarnos (cfr. Rom 8, 39).

Para tener esta experiencia de Dios, hagamos nuestras las tres palabras de la oración colecta: que el Señor nos inspire el amor a sus preceptos y la esperanza en sus promesas, para que en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría.

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