Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía Asunción de la Virgen-B

No es algo accesorio

VER:

El Tema 33 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo” lleva por título: “La Virgen María en el misterio de Cristo”. Al reflexionar este tema en un Equipo de Vida, y hablando de los dogmas marianos, uno de los miembros del Equipo dijo que “aunque no se hubiese definido ese dogma, eso no habría afectado a mi fe”. A muchas personas los diferentes dogmas que la Iglesia ha definido les parecen algo superfluo, accesorio, una serie de elucubraciones teológicas que están muy bien pero que, en el fondo, no aportan nada nuevo a la fe.

JUZGAR:

Hoy estamos celebrando uno de esos dogmas marianos: la Asunción de la Virgen María. El 1 de noviembre de 1950, el Papa Pío XII lo definió solemnemente: “Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. (Munificentissimus Deus 44)

Esta declaración dogmática no surgió “porque sí”, ni por una ocurrencia del magisterio pontificio. Además de una serie de argumentos bíblicos y de un largo proceso de estudios teológicos, recogía también una fe profesada en la Iglesia, desde los primeros siglos, por todo el pueblo de Dios. Aun así, a muchos les puede parecer algo accesorio, que sólo afecta a la Virgen María, pero no a nosotros ni a la vida cotidiana del común de los cristianos.

Sin embargo, el dogma de la Asunción de la Virgen María tiene que ver con el modo en que vivimos desde la fe nuestra vida cotidiana. Afirmar la Asunción de la Virgen María significa creer que, si María ha permanecido plenamente unida a Cristo a lo largo de toda su existencia, también permanece unida a Él “cumplido el curso de su vida terrestre”. La unión corporal y espiritual de María con Cristo, que comenzó en el momento de la Anunciación, se prolonga ahora en la gloria; por eso, como diremos después en el Prefacio, “con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu Santo, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo”. La cooperación particular de María en la obra de la redención llevada a cabo por Cristo la ha llevado a gozar, la primera de todos, de la plenitud de la salvación: María se encuentra ya en aquel estado en el que estarán los justos después de la resurrección

Pero al afirmar este dogma de la Asunción no nos limitamos a celebrar y admirar a María en su destino de gloria, como una persona lejana a nosotros; si así fuera, este dogma sí que sería algo accesorio para nuestra fe. Pero como también diremos, “Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; Ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra”. Celebrar el dogma de la Asunción de la Virgen María nos hace poner la mirada en la meta que el Señor, por amor a nosotros, quiere también para nuestro destino final. Y, para llegar a esa meta, María nos muestra el camino que Ella misma recorrió y que los Evangelios de esta Solemnidad nos han recordado:

María nos enseña a “escuchar la Palabra de Dios y cumplirla” (Misa de la Vigilia), Ella dejó que esa Palabra se encarnase en su ser, y la cumplió en todo momento, en el gozo y en el dolor. Nosotros también debemos encarnar la Palabra de Dios que escuchamos, que se nos note en todo momento.

María, como Madre de Dios, no vivió de forma acomodada, sino que se puso en camino y fue aprisa a ayudar a Isabel, que la necesitaba. Y nuestra fe no debe ser acomodada, de cumplimiento, sino que nos debe llevar a un compromiso evangelizador, sabiéndonos discípulos misioneros.

María desarrolló la mirada de fe que muestra en el Magnificat, descubriendo que la misericordia de Dios llega a sus fieles de generación en generación; que, a pesar de las apariencias, Él dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Y también nosotros debemos saber descubrir, con una mirada de fe, la acción de Dios en la realidad que nos rodea, aunque tantas veces la realidad parece negar Su presencia.

ACTUAR:

Quizá hayamos pensado alguna vez que el dogma de la Asunción es algo accesorio, que poco tiene que ver con nuestra vida de fe. Que la celebración de María, Asunta al Cielo, nos ayude a comprender que esta Solemnidad no es algo accesorio, sino una llamada a que tengamos presente la meta a la que nos dirigimos y aprendamos de María a recorrer como ella nuestro camino hacia la gloria.

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