Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XXI del TO-B

¿También vosotros queréis marcharos?

VER:

Una de las pocas cosas positivas que ha traído la pandemia ha sido recordarnos algo que muchos habían olvidado o ni siquiera se habían detenido a pensar en ello: que todo en este mundo, incluidos los seres humanos, somos caducos. Más aún: además de caducos, somos muy frágiles, tanto las personas como las estructuras que hacen posible nuestra vida, que nos parecían muy sólidas y permanentes pero que se han ido derrumbando como fichas de dominó. Y esto nos afecta profundamente, porque nos hemos dado cuenta de que en realidad no hay nada estable, que no hay ningún lugar donde podernos sentir seguros y a salvo. Intentamos superar este sentimiento de inseguridad y angustia con distracciones, consumismo, actividades variadas… pero el sentimiento nunca desaparece del todo, al contrario, lo volvemos a sentir incluso agudizado.

JUZGAR:

La falta de reflexión y formación de la mayoría de la población hace que se olvide un aspecto constitutivo del ser humano: que es un ser finito con sed de infinito. “Un ser que afirma la vida y anhela ser feliz y, sin embargo, se siente desgraciado ante el dolor que sufre en este mundo. El ser humano, a diferencia de los animales, posee un impulso vital que lo convierten en un ser social, técnico y creador, un ser esperanzado” (Itinerario de Formación Cristiana para Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo”, T. 3)

Pero ese impulso vital a menudo se ve truncado por diferentes circunstancias y se llega a creer que no merece la pena buscar cómo saciar la sed de infinito, que no hay que calentarse la cabeza sino limitarnos al “carpe diem”. Pero esta opción no elimina el sentimiento de inseguridad.

Esa inseguridad también ha afectado a la dimensión de la fe. Muchas personas recurrieron a rezos y devociones esperando que Dios no tardaría en hacer el milagro pedido pero, ante la duración de la pandemia y las trágicas consecuencias y sufrimientos que sigue acarreando, han sentido que su oración “no sirve para nada”, que Dios no les hace caso o que no existe y, como hemos escuchado en el Evangelio, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él.

Pero lo positivo de la pandemia es que puede ser, si queremos, una oportunidad para plantearnos nuestra vida y nuestra fe: qué hemos estado haciendo hasta ahora, cómo nos ha afectado la pandemia, y qué vamos a hacer a partir de ahora. Es como si Jesús nos planteara ahora, en este momento de nuestra vida, la misma pregunta que hizo a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos?

La pregunta de Jesús nos cuestiona como creyentes: ¿En qué hemos estado apoyando nuestra vida, a qué hemos dado prioridad en tiempo y esfuerzo, en qué hemos depositado nuestra confianza? Y quizá, al reflexionar, nos demos cuenta de lo que escribieron nuestros obispos en “Dios es Amor” 20: “El ser humano es un buscador insaciable de la paz y de la felicidad. Ninguna adquisición de bienes materiales, ninguna situación vital, por satisfactoria que parezca, consigue detener esa búsqueda. Somos peregrinos hacia un destino de plenitud que no encontramos nunca del todo en el mundo”. Y quizá por eso sentimos inseguridad.

Y surge otra cuestión: ¿Quién es Dios para mí? ¿Cómo es mi fe en Dios? ¿Consiste en un conjunto de conocimientos y normas, aprendidas en la infancia, o procuro formar mi fe para tenerla actualizada? ¿Mi relación con Dios es de tipo “comercial”, es decir, “le doy (mis oraciones, misas, limosnas…) para que me dé (favores, seguridad, protección…)? ¿O es una relación de amor “tratando de amistad muchas veces a solas con Aquél que sabemos nos ama” (Sta. Teresa de Jesús, Vida 8, 5)? ¿Cómo reacciono cuando siento que “no atiende mis peticiones”?

ACTUAR:

La pandemia y sus consecuencias, y el sentimiento de inseguridad y angustia, nos ha situado en una encrucijada que pide de nosotros una opción vital: ¿También vosotros queréis marcharos? Por una parte experimentamos que nos resulta difícil mantener la fe en Dios; pero, por otra parte, “un mundo sin Dios es absurdo. Es verdad que un Dios creador del mundo y un mundo en el cual existe el dolor y el mal es un misterio. Pero Jesús cargó y padeció el mal y el dolor de este mundo y por eso, en la Cruz de Cristo, Dios se revela como un Misterio de Amor. Y nosotros tenemos que elegir entre el Misterio o el absurdo”. Ojalá que nuestra respuesta sea la misma de Pedro: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Y elijamos el Misterio de Jesús, que nos acompaña en nuestro caminar, que lleva la Cruz con nosotros y que nos ofrece la única esperanza fiable, la salvación verdadera, la vida eterna, porque, como escribió San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”. (Confesiones 1, 1)

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