Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet


Homilía XV del TO-C

Leer, celebrar y hacer

VER:

En una parroquia, para dinamizar la Eucaristía dominical en la que participan niños y jóvenes, cada semana se reparten diferentes tareas: moniciones, lecturas, presentación de ofrendas, recoger la colecta, oración de los fieles, algún gesto durante la homilía… La pregunta que el párroco hace a medida que van llegando es: “¿Leer o hacer?” Y, aunque a muchos les cuesta participar, al final cada uno elige lo que prefiere. Pero el párroco y los acompañantes están atentos para que los mismos no hagan siempre lo mismo, sino que, todos, unas veces “lean” y otras veces “hagan”, como algo necesario para “celebrar” del mejor modo la Eucaristía.

JUZGAR:

Esta tendencia a sólo “leer” o sólo “hacer” se repite también, de diverso modo, en gran parte del conjunto de la Iglesia. La vida de fe se limita a un espiritualismo (que no hay que confundir con la necesaria espiritualidad) consistente en rezos, devociones, actos piadosos… pero que se quedan en la propia intimidad. O la vida de fe se limita a un intelectualismo (que no hay que confundir con la necesaria formación permanente), que consiste en leer libros y artículos, consultar muchas páginas web y redes sociales, asistir a charlas… pero que sólo sirven para “estar enterado” y opinar, sin más. O bien la vida de fe se limita a un activismo (que no hay que confundir con el necesario compromiso), se está “muy metido” en la parroquia o en una asociación o movimiento, se dedica mucho tiempo y esfuerzo a las actividades, pero como si fuera un voluntariado en una ONG.

Para no caer en esos extremos y equilibrar en nuestra vida las tres dimensiones de la fe: la espiritualidad (celebrar), la formación (creer) y la acción (vivir), la Palabra de Dios nos ha ofrecido en el Evangelio el encuentro de Jesús con un maestro de la ley, es decir, alguien que participa habitualmente en los actos cultuales y que también es una persona formada intelectualmente. Podemos decir que tiene claras dos de las dimensiones de la fe (celebrar y creer), pero le falta la tercera: vivir. Y por eso hace una pregunta a Jesús: ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

Pero Jesús, con su respuesta, le va a mostrar y nos va a mostrar la unidad de las tres dimensiones. Primero, le pide que tenga presente su formación: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? Y el maestro de la ley responde correctamente con lo que, además, debería ser el contenido y la razón de la celebración del culto a Dios: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo.

Pero en cuanto Jesús le muestra la tercera dimensión, como consecuencia de las anteriores (Has respondido correctamente, haz esto y tendrás la vida), empiezan las reticencias: queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Porque limitarse a “leer” y a “celebrar” es muy cómodo, pero “hacer”…

Y, con la parábola del buen samaritano, cuestiona al maestro de la ley en lo que “lee” y “cree”: ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Y el maestro no tiene más remedio que responder: El que practicó la misericordia con él. Y Jesús le lanza el imperativo: Anda y haz tú lo mismo. La fe cristiana requiere “celebrar”, “creer” y “hacer”, las tres dimensiones.

ACTUAR:

¿En mi vida cristiana están equilibradas las tres dimensiones de la fe? ¿Caigo en el espiritualismo, el intelectualismo o el activismo? ¿Cómo cuido mi espiritualidad, mi formación permanente y mi compromiso cristiano? ¿Me pregunto alguna vez “qué tengo que hacer” y “quién es mi prójimo”?

El imperativo de Jesús al maestro de la ley está también dirigido a nosotros: Anda y haz tú lo mismo. Y, como le ocurrió a ese hombre, también nosotros nos echamos atrás cuando nos proponen o nos planteamos algún tipo de compromiso. Pero, como nos ha recordado la 1ª lectura: Este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo… Ni está más allá del mar… El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas.

No nos quedemos preguntándonos si “leer” o “hacer”. Necesitamos “leer”, “creer”, una formación cristiana que no sea sólo adquirir conocimientos; necesitamos “celebrar”, una espiritualidad fundamentada en la oración, la Palabra de Dios y la Eucaristía; y así podremos “hacer”, lo mismo que el buen samaritano, que es lo mismo que Jesús, imagen del Dios invisible, hace con nosotros.

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Homilía XIV del TO-C

Festejar

VER:

Llegados a estas fechas, se nota en el ambiente un aire diferente, sobre todo para quienes pueden tener vacaciones: muchos las han comenzado ya, otros las comenzarán en pocos días o semanas. Ha terminado el curso escolar, muchos centros de trabajo cierran unos días o hacen horarios especiales… También en las comunidades parroquiales ha finalizado el curso pastoral y cesan la mayoría de actividades habituales, se hace una evaluación de lo que han sido estos meses pasados, se realizan otras diferentes como campamentos, se celebran las fiestas patronales… Todo lo cual da un tono diferente a este tiempo y, aunque sigamos trabajando, nos damos cuenta de que agradecemos y necesitábamos este cambio.

JUZGAR:

En este ambiente, la Palabra de Dios de este domingo nos hace una llamada a algo especialmente apropiado para estas fechas como es “festejar”, hacer fiesta, celebrar con alegría y agrado. Así lo hemos escuchado en la 1ª lectura: Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis… Este pasaje corresponde al último capítulo del libro de Isaías: el pueblo ha regresado a Jerusalén, tras la dura prueba del destierro y, aunque los ánimos están decaídos y queda mucho trabajo por hacer, restaurar la ciudad, reconstruir el templo… el sentimiento predominante ha de ser la alegría.

Y en el Evangelio hemos escuchado que designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de Él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y los setenta y dos volvieron con alegría.

Al realizar la evaluación del curso pastoral, podemos identificarnos con el pueblo de Israel: estos meses pasados seguramente habrán tenido momento de prueba, de cansancio, de no tener claro el rumbo… Y somos conscientes de que queda mucho por hacer, mucho que “construir y restaurar”… y se nos presenta una tarea abrumadora… Pero precisamente por eso, ahora necesitamos “festejar” para recuperar el ánimo y las fuerzas.

Pero también podemos identificarnos con los setenta y dos del Evangelio. Quizá, junto con problemas, desencuentros, dificultades… hemos encontrado avances, cosas que han salido bien y que nos hacen sentir alegres al terminar el curso, y necesitamos celebrarlo, como indica el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” 24: “la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización”.

Y Jesús se encarga de recordarnos cuál debe ser el verdadero fundamento de nuestro festejar: no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo. No sólo debemos festejar cuando las cosas nos salen bien, cuando obtenemos “éxitos” pastorales, porque éstos pueden darse o no. El fundamento de nuestra fiesta es, precisamente, saber que el Señor cuenta con nosotros para la misión evangelizadora, y que nos asegura que, más allá de obstáculos, problemas, fracasos… nuestros nombres ya están inscritos en el cielo.

Desde esta certeza cobran sentido las palabras de san Pablo en la 2ª lectura: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. San Pablo no es masoquista, no valora el sufrimiento por el sufrimiento. San Pablo sabe que el plan de salvación de Dios pasa por la Cruz, pero como Jesús la ha vencido, podemos festejar en medio de los problemas, porque sabemos de la cruz brota la vida.

ACTUAR:

¿Cómo afronto estas próximas semanas, noto un ambiente diferente? ¿Voy a poder tener vacaciones? ¿En la parroquia hemos hecho evaluación del curso pastoral? ¿Hemos encontrado motivos para sentirnos alegres, para festejar? ¿Sentimos que nuestros nombres están inscritos en el cielo? ¿Esto nos da fuerzas para continuar, a pesar de pruebas, cansancios y contratiempos?

El Señor nos pide que festejemos, que celebremos con alegría el trabajo realizado en los meses pasados. Y hay muchas formas de festejar, pero el Papa Francisco nos recuerda la principal: “la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo”. (EG 24) Si la Eucaristía siempre debería ser una fiesta, hoy especialmente lo destacamos: celebramos el domingo para dar gracias a Dios, individual y comunitariamente, porque ha puesto en nuestras manos la misión evangelizadora, porque Él nos acompaña, recordándonos que ha vencido la Cruz y porque, unidos a los demás obreros de la mies, nuestros nombres están inscritos en el cielo.

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Orar por los hijos

Orar por los hijos ¿cómo y por qué hacerlo?

¿Alguna vez te has preguntado por qué debemos orar por nuestros hijos? Quizá puede parecer que como padres, ya tenemos suficientes exigencias, e incluso, en algunas ocasiones nos sentimos obligados a hacer ciertas cosas para que nos consideren buenos padres, y poder dar lo mejor a nuestros hijos. Aun así, aunque parezca contradictorio, orar por nuestros hijos no es una tarea que ha sido asignada para cargar más nuestro día a día, sino para hacerlo más llevadero, puesto que, aunque no nos convertirá en padres perfectos, ¡al menos nos permitirá aceptar nuestras equivocaciones con alegría!

A decir verdad, tenemos la dicha de poder contar con un Dios que es Padre de muchos hijos, y no todos hemos alcanzado (¿aún?) la santidad… Entonces, ¿quién mejor que Él para acoger y entender nuestras preocupaciones, alegrías, preguntas, asombro, ira, y todas esas emociones que sentimos como madres y padres?

En ese orden de ideas, te proponemos:

  • Orar para compartir. No nos quedemos solos con las dificultades que experimentamos ante nuestros retos como padres, más bien, acudamos a la oración para expresar, aunque sea en el secreto de nuestro corazón, lo que estamos viviendo y sintiendo. De hecho, confiarnos al Señor, de manera individual o colectiva (por ejemplo con los grupos de oración de madres o de padres), nos permite abrirnos a la gracia divina.
  • Orar para delegar. Un proverbio africano dice que “hace falta un pueblo para educar a un niño”, pero nosotros como cristianos somos afortunados, pues tenemos todo el Cielo de nuestro lado para acompañar a nuestros hijos en su diario vivir: ¡dejémonos guiar por el Espíritu Santo, pidamos a la Santísima Virgen que desate los nudos de nuestras vidas, permitamos que San José y los santos patronos de nuestros hijos nos ayuden, y recemos a nuestros ángeles de la guarda para que velen por ellos!
  • Orar para recargar las pilas: para poder dar mucho amor, debemos estar llenos de Él. No olvidemos que, como padres, es necesario acoger constantemente nuestra posición de hijos de Dios y dejarnos llenar del amor infinito y misericordioso del Padre. ¿Qué tal si nos acercamos a Él y le decimos “Abba, Padre”, cada vez que necesitemos volver a recargar nuestros corazones de padres?

Escrito por: Alice Ollivier de Hozana.org

-Traducido del francés por Sharael Sánchez


Homilía XIII TO-C

Libertad sin ira

VER:

Aparte de las guerras que sufren algunos países, hace ya tiempo que en los ambientes más cercanos (familiar, escolar, social, político, deportivo…) notamos una excesiva crispación que, demasiado a menudo, desemboca en actuaciones violentas que tienen consecuencias nefastas. Quienes tenemos más de 50 años recordaremos una canción del grupo Jarcha, “Libertad sin ira”, que fue casi un himno durante la época de la Transición. La letra hacía referencia a lo vivido en décadas anteriores: guerra, rencores… que todavía perduraban, y se aludía a la necesidad de superar todo esto porque “la gente tan solo pide vivir su vida en paz”. Y el estribillo decía así: “Libertad, libertad, sin ira, libertad. Guárdate tu miedo y tu ira porque hay libertad, sin ira libertad, y si no la hay, sin duda la habrá”.

JUZGAR:

Ira y libertad son dos conceptos que aparecen hoy en la Palabra de Dios, y muy ligados entre sí. La libertad la encontramos en la 1ª lectura: Elías, siguiendo lo que el Señor le había dicho, llama a Eliseo para ser su sucesor, pero no lo obliga, le deja libertad para decidir. Cuando Eliseo le pide: Déjame ir a despedir a mi padre y a mi madre y te seguiré, Elías le responde: Anda y vuélvete.

En la 2ª lectura, san Pablo comenzaba diciendo: Para la libertad nos ha liberado Cristo.

Y en el Evangelio, Jesús se encuentra con tres personajes que, en principio, están dispuestos a seguirle. Pero, con las respuestas que Jesús les da, mostrándoles las exigencias de ese seguimiento, les hace una llamada a que den ese paso, pero con toda libertad, sin dejarse llevar ni por entusiasmos momentáneos ni por otros condicionamientos, por muy justificados que parezcan.

La libertad es uno de los dones de Dios al ser humano, signo de su imagen y semejanza con Dios. Como nos recuerda el Catecismo (1731-1733), “la libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos”.

Pero muchas veces se hace un mal uso de esa libertad, como recordaba san Pablo: no utilicéis la libertad como estímulo para la carne. E, incluso, esa libertad se tiñe de ira, como hemos escuchado que hicieron Santiago y Juan cuando, ante el rechazo de los samaritanos, dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos? Pero utilizar la libertad para dar cauce a la ira conduce a que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud, como decía san Pablo, y tiene consecuencias nefastas: mordiéndoos y devorándoos unos a otros acabaréis por destruiros mutuamente.

Ante la excesiva crispación y violencia en tantos ambientes, y sus lamentables consecuencias, el Señor nos pide a que le sigamos. Y seguro que, como ocurrió a Santiago y Juan, en nuestro camino vamos a encontrarnos con situaciones ante las cuales nos parecería justificadísimo reaccionar con ira. Pero el Señor nos pide una “libertad sin ira”: Manteneos firmes… caminad según el Espíritu, porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Incluso nos llama a ir más allá: sed esclavos unos de otros por amor. Y esto no se pone a nuestra libertad, todo lo contrario, porque “la libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, el supremo Bien”. (1744) Cuando vivimos con libertad y sin ira es cuando podemos seguir de verdad al Señor, asumiendo las exigencias de ese seguimiento y “quemando”, como Eliseo, lo que caracterizaba nuestro estilo de vida anteriormente.

ACTUAR:

¿Noto ambiente de crispación y violencia a mi alrededor? ¿Lo he sufrido, o lo favorezco con mi comportamiento y actitudes? ¿En alguna ocasión he deseado que baje fuego sobre algo o alguien? ¿Me siento libre, o hay alguna esclavitud en mi vida? ¿Hago un buen uso de mi libertad, con los demás y con Dios? ¿Asumo libremente las exigencias que conlleva seguir a Jesús, ser un cristiano coherente, o las vivo como una imposición que coarta algún aspecto de mi libertad? ¿Estoy dispuesto, libremente, a hacerme “esclavo de otros” por amor?

La libertad ha sido una de las grandes aspiraciones del ser humano, pero “el ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa” (1740), y menos aún el derecho a recurrir a la ira en nombre de la propia libertad. Y por eso, muchas personas siguen sin ser ni sentirse verdaderamente libres. Que nuestro seguimiento de Jesús muestre que para la libertad nos ha liberado Cristo y nos lleve a que se cumpla el estribillo de la canción: “Hay libertad sin ira y si no la hay, sin duda la habrá”.

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Los lunes del Corpus

Descargar la Conferencia: «Sin Eucaristía no hay domingo»

Descargar PDF: Historia de la Adoración Nocturna